jueves 3 de julio de 2008

Norte de Portugal: Espíritu atlántico en estado puro

¡Ah! Parece increíble lo que pueden dar de sí poco más de dos días si se tienen ganas de verdad de conocer... y de reencontrarse con amigos.
Salimos desde Lepe poco antes de las ocho de la mañana rumbo a Oporto, donde Parra y yo tendríamos que encontrarnos con Eva Pubill para adentrarnos juntos por las tierras del Duero.
Después de cruzar el Puente 25 de abril de Lisboa, sobre el Tajo, y de apreciar el precioso barrio de Belem y sus exquisitos pasteles de nata, desapareció la lluvia que nos había estado acompañando por la carretera algarvía y alentejana. Proseguimos la ruta y a la hora de comer estábamos ya en Coimbra, a orillas del río Mondego. Las casitas dando vida a la colina sobre la que se alza la antiquísima y prestigiosa Universidad de Coimbra, los callejones con gatos, las palomas en los tejados de las casas decoradas con artesanales azulejos... Portugal en estado puro.
Continuamos hasta Oporto por una nacional que atraviesa bosques inmensos, repletos y frondosos, como si los incendios que asolaron el país hace escasos años nunca se hubieran producido. De vez en cuando aparece en la carretera un cartel anunciando un puesto de venta de cerezas o de manzanas exquisitas, o una casa de pasto ofreciendo un buen café para seguir la ruta...
Así llegamos al aeropuerto de Oporto, donde Eva nos esperaba y se unía en este corto aunque intenso viaje de dos días y medio.
No costó mucho encontrar alojamiento en Oporto, una preciosa casa restaurada, en pleno centro, junto a la Universidad y la iglesia do Carmo, a escasos metros de la popular avenida Aliados. Pensao Duas Naçoes, con un ambiente muy internacional y alternativo, que se aprecia cuando se sube o se baja por las crujientes escaleras de madera del establecimiento.
Oporto es difícil de describir... el barrio de la Ribeira con sus casitas de colores, sus callejones estrechos y empinados, su olor característico a río, sus gatos, sus macetas, su gente asomada a los balcones que miran al Duero y a la orilla de Vila Nova de Gaia, sus azulejos cocidos en hornos de siglos pasados... Y luego están esas decenas de iglesias tan características, con escenas bíblicas expresadas en azulejos blancos y azules; o sus tradicionales comercios de embutidos, quesos o frutas; su concurrido mercado de Bolhao; sus plazas llenas de vida; sus puentes maravillosos mostrando el Duero en todo su esplendor hasta llegar a la foz –desembocadura- en el Atlántico.
Por supuesto, no podíamos irnos de Oporto sin probar una nueva forma de cocinar el bacalao (al estilo de Braga) y de probar el vinho... caminando por Vila Nova de Gaia, en la otra orilla del río, un pueblo que congrega todas las bodegas de vino de Oporto y desde el que se tienen unas privilegiadas vistas del barrio de la Ribeira, coronado por las torres de las iglesias de la zona alta de la ciudad.
La última jornada fue quizá la más intensa. Dejamos Oporto muy tempranito y desde allí subimos hasta Braga, la capital de la religiosidad portuguesa. A escasos kilómetros de la frontera con Galicia, y después de haber atravesado inmensas extensiones de viñedos. Aunque Braga tiene poco más de cien mil habitantes, contiene alrededor de treinta y cinco iglesias. Por suerte era domingo, de manera que en todos los templos había algún tipo de actividad, y en especial la impresionante catedral junto a la sede de la Archidiócesis de Braga.
Las campanas repicaban de forma constante, de la misma forma que en los países musulmanes los almuédanos llaman a la oración desde los minaretes de las mezquitas. Pero, a pesar de ese inmenso sentido religioso, Braga es una ciudad moderna, con muchos comercios animados y coloridos adornos en las calles.
Tuvimos que volver a Oporto para dejar a Eva, que pronto cogería su avión de regreso a Barcelona, aunque Parra y yo tomamos rumbo al sur para poder estar por la noche en Lepe, más allá del Guadiana que separa Andalucía del Algarve.
La siguiente parada fue en Figueira de Foz, donde desemboca el río Mondego, con un espectacular delta donde se cultiva arroz y se alinean inmensas salinas sobrevoladas por gaviotas. Después del almuerzo tomamos la carretera de la costa hasta Batalha, donde se nos presentó ante los ojos –como si se tratase de una aparición- la grandiosa obra gótica que es la basílica de Ntra. Sra. de la Victoria: una maravilla. Y claro, ¿quién no cerraba con una visita a Fátima después de un día marcado por la arquitectura religiosa? Así que Parra y yo nos plantamos en el monasterio a contemplar lo que la fe es capaz de mover... cientos de autobuses, peregrinos de todo el mundo, obras faraónicas...
Seguimos bajando hacia el sur, atravesamos el larguísimo puente Vasco de Gama sobre el Tajo y nuevamente cruzamos el Alentejo y el Algarve –esta vez sin lluvia y con mucha luz- rumbo a casa.
Un fin de semana más que aprovechado; y una nueva visita a Portugal, la tierra de nuestros vecinos a la que tantas y tantas veces me gusta escapar.
Bom viagem!

República Dominicana: El Caribe que hay que conocer...

La República Dominicana conserva aún rincones con la virginidad que debieron encontrar los hombres de Colón cuando arribaron a las costas de La Española en 1492. Más de 500 años después, y siguiendo la senda de aquellos leperos que se embarcaban con la intención de acercarse a nuevos mundos, me he encontrado una isla de gente encantadora, iguanas asustadizas, aguas de un turquesa jamás visto y el ritmo de la bachata y el merengue como banda sonora de un viaje que ha coincidido con la campaña electoral de las presidenciales.

República Dominicana I: El Caribe que hay que conocer …

Hola desde Santo Domingo…
Antes de nada os diré que tengo que batallar algo con el teclado para poder escribir medio en condiciones… estos acentos son siempre el caballo de batalla de la tecnología internacional…
Como os cuento estoy en Santo Domingo, con un color que nada se parece al que traje cuando llegué hace tan sólo dos días, y es que aquí es verano, el sol pega fuerte, la brisa broncea la piel y… vivan las vacaciones.
Mi llegada a Santo Domingo fue bien, según lo previsto en cuanto a horario, aunque el trayecto se hizo más largo de lo que imaginaba. Compartí vuelo con una excursión de vallisoletanas que estaban de despedida de soltera. La novia estaba sentada junto a mí y había subido al avión engañada (la llevaron con antifaz, cascos en los oídos y una peluca) de manera que cuando le quitaron todo y le dijeron dónde estaba y a dónde iba se quedó perpleja (estaba compinchada hasta la policía del aeropuerto).
Por supuesto esto es sólo una anécdota para que sepáis que hay gente más disparatada que yo, que cruzo el Atlántico en un avión como la que va a tomar café al bar de enfrente…
Tengo como punto referencial la casa de Paco Cumbreras; en un barrio pijo cercano a la Universidad y la zona colonial, que comparte con el italiano Andrea y la bilbaína Leticia.
El primer día que llegué, a pesar del cambio horario, nos fuimos todos a visitar colmadones (tiendas-bares que además de vender comida sirven bebidas) y a bailar merengue, reguetón y bachata como posesos en la discoteca Makumba… Me queda mucho que aprender para mover las caderas como lo hacen aquí los dominicanos y dominicanas.
Ayer domingo estaba medio muerta, porque al cansancio del viaje se sumó el del baile, y a ambos agotamientos la imposibilidad de conciliar el sueño a la hora en la que aquí todo el mundo duerme -porque mi organismo aún no está acostumbrado al cambio horario-. Me desperté la primera y me fui paseando por el malecón (un paseo marítimo a orillas del Caribe) en el que conocí a Alberto, un veterinario casado con una española que paseaba también y que me contó casi toda la historia del país durante el recorrido.
Por la tarde fui a Villa Altagracia, un pueblo del interior en el que la Unión Europea y Oxfam están trabajando instalando tinacos de agua para que la población pueda abastecerse (porque las tuberías que llevaban el agua se rompieron tras el huracán Noel) y repartiendo mosquiteros para prevenir enfermedades… Lo mejor de la experiencia fue ver cómo las mujeres voluntarias del pueblo participan ayudando a otras, comprometidas con la educación, la participación ciudadana o la higiene, y sin otra contraprestación más que la satisfacción de ayudar a los demás. Me invitaron a comer arroz con frijoles, col y carne de ternera (es uno de los platos tradicionales, como nuestro potaje), también cayó un cafecito en casa de otra familia que festejaba un cumpleaños, así que les ayudé a llenar globos… Ayer incluso visité el criadero de gallos de pelea que tiene el curioso señor Franklin (los lleva a competir por todo el país… la afición a esta celebración es bestial).
La población aquí sobrevive trabajando en la recogida de naranjas de una gran finca que tiene una empresa de zumos. Les pagan al cambio entre 6 y 9 pesetas por llenar un saco de mandarinas, y teniendo en cuenta que al día se pueden coger entre 10 ó 20 sacos, haced la cuenta para saber con cuánto dinero al día vive una familia del pueblo… Pero aún así la gente se divierte, bebe cerveza en los colmados, escucha bachata a todas horas y con el sonido altísimo, celebra todo lo celebrable y sonríe de forma constante.
El pueblo dominicano se parece al pueblo cubano… debe ser el Caribe, claro. La vida es pausada, todo el mundo va ligero de ropa porque el calor y la humedad son fuertes, la pronunciación de algunas consonantes recuerda también a la que hacen los cubanos, son cariñosos hasta grados insospechados (mi amol…) y la gente es mulata en su mayoría con una belleza en los ojos y la piel asombrosa. El tópico dominicano, especialmente en el caso de las mujeres, es más cierto de lo que imaginaba; muchas quieren encontrar un hombre europeo que les ofrezca un futuro mejor, que las saque de la isla o que les monte un negocio con el que eleven su nivel económico… y para un español ligar no sólo es fácil, sino que apenas exige esfuerzo (que tomen nota los posibles interesados).
Hoy he ido por libre. Me desperté tempranísimo (¡la hora cambiada, que aún no la tengo en el cuerpo!), con objeto de coger una 'guaga' o una 'voladora' que me llevara al este de la isla. He estado en La Romana y en San Pedro de Macorís, paseando por mercados de yucas, papayas y berenjenas, hasta llegar a la plaza colonial en la que está la pastelería de Amable… Sus pasteles habían sido una recomendación de mi amiga Miriam, una dominicana que conocí en Italia hace un par de años pero que vive en Canadá. Lo especial de estos pasteles es que están hechos envueltos en hojas de platanera; probé el de masa de plátano relleno de verdura y el de masa de yuca relleno de carne de res (exquisitos…).
Luego me he ido a conocer algunas playas nada turísticas, en las que las pocas personas que he visto eran del país (niños jugando en la orilla, pescadores preparando barcos y algunos mariscando)… Pero claro, el mérito no es que estén vírgenes, el mérito real es que son maravillosas, con un agua cristalina transparente y color turquesa, con arena blanca y finísima en la que caen los cocos de las altísimas palmeras que pueblan toda la orilla; un maravilloso paisaje que no sé si las fotos sabrán mostrar con tanta belleza como yo he sentido.
Así que estoy morena ya, mejor dicho quemada… de haberme tragado todo el sol que me han permitido las playas de San Pedro, Juan Dolio, Guayacanes y Boca Chica. Ahora estoy en Santo Domingo, regresé en una 'voladora' que me ha dejado cerca de la zona colonial, así que he aprovechado para adentrarme en las calles de la ciudad original que construyeron los españoles en el siglo XVI cuando descubrieron y colonizaron esta isla, a la que pusieron de nombre La Española. Balcones de madera, catedrales e iglesias de gótico colonial, casas señoriales, fachadas multicolores, enrejados castellanos llenos de macetas y flores, un paseo extraordinario… Y entretanto, puestos de frutas tropicales, vendedores de jugos y mazorcas hervidas, colmados de los que salen los millones de decibelios en forma de bachata, pica-pollos o tiendas de comida rápida criolla, escolares uniformados, gente paseando, propaganda electoral colgada de todos lados para las elecciones del 16 de mayo, hombres zalameros piropeando a toda mujer que pase por delante…
Claro, tenía que contarlo, así que ahora estoy en un cibercentro, en pleno centro del casco antiguo, escuchando música que tocan en la calle, con la satisfacción de haber conocido hoy a gente tan interesante como la nerviosa Juani García o el aguador Eduardo, y a punto de marcharme para seguir empapándome de la cultura caribeña.
Mañana creo que iré a Barahona, la zona más pobre y al mismo tiempo más virgen de la República Dominicana.
Besos a todos y todas...

República Dominicana II: El Caribe que hay que conocer …
En el avión de vuelta a España me acompañaban decenas de dominicanas y dominicanos que pasaban sus vacaciones en la tierra en la que nacieron… y que regresaban a su vida de emigrantes en Madrid y Barcelona. No han de ir bien las cosas en ese trozo de isla caribeña para que la población se marche en desbandada a España, Estados Unidos, Canadá o Puerto Rico…
Precisamente una de las zonas que he visitado durante este viaje y que es el paradigma de la emigración está en Barahona y Pedernales, las provincias costeras más al oeste, en la frontera con Haití. Marché con la gente de Oxfam a conocer los trabajos que se desarrollan en esa zona después de los temporales de noviembre y diciembre, que arrasaron pueblos y bateys (pequeños asentamientos de población jornalera) enteros, dejando muertos, destrucción, barro y enfermedades. Barahona es una ciudad alegre, con un malecón luminoso que bordea toda la bahía y una actividad no demasiado caótica. Las fachadas, de colores, están cargadas de pintadas publicitarias anunciando todo tipo de productos, y los colmados de las esquinas sirven cerveza Presidente a cualquier hora del día, mientras mulatas con rulos de colores en la cabeza hacen sus compras y encargos…
En comunidades como Bombita –donde residen descendientes de emigrantes haitianos; los pobres más pobres-, Jaquimeyes, Como Callao o Palo Alto, nos acogen con optimismo… han recibido algunas tuberías y cajas de herramientas que serán de mucha utilidad para restablecer el abastecimiento de agua. Mercedes, a la que todos conocen como Nueva por haber nacido el día de año nuevo, nos recibe en su casa con café y galletas saladas; es una mulata alta, fuerte, de ojos pequeños y vivos que me cuenta la historia de cómo murió su padre hace un par de años… junto con sus otros veinte hermanos –de mismo padre y tres madres distintas- decidieron celebrar el cumpleaños del progenitor, que casualmente era el día de Navidad. Reunir a todos los hermanos fue una tarea complicada, teniendo en cuenta que muchos habían emigrado a Estados Unidos, Puerto Rico o a la propia capital, Santo Domingo; de manera que aquel día de Navidad sorprendieron al padre con un inesperado y grandioso encuentro familiar que el corazón del ‘comandante’ –como le conocían- no pudo aguantar… fue hospitalizado como consecuencia del infarto que sufrió y murió a los dos días; eso sí, después de haberse podido despedir de todos sus hijos al mismo tiempo. Creo que ni la creatividad del mismísimo García Márquez podría haber dado vida a una historia semejante…
Decido seguir más al oeste y al día siguiente cojo una guagua para Pedernales, con el propósito de conocer la exuberante y virgen bahía de las Águilas, que conforma el parque de Jaragua. Las tres horas de trayecto, oyendo bachata, respirando brisa caribeña, atravesando pueblecitos de marineros y charlando con los compañeros de asiento se pasan volando… Pasamos por Enriquillo, Juancho, la laguna de Oviedo y alcanzo Pedernales, donde pacto con un joven que me lleve en moto hasta Cabo Rojo, más allá está el último pueblo del país cuyas viviendas se reparten entre chabolas a pie de playa y cuevas excavadas en la roca. Tras subir una loma no demasiado alta se aprecia el paisaje que hasta el momento más me ha sorprendido de todos cuanto he visto… Toda una bahía de varios kilómetros de arena blanca, sembrada de cactus gigantescos y arbustos de todas las gamas de verde por los que caminan asustadas las enormes iguanas, y un mar en calma de un color azul turquesa que parecía estar iluminado por luces desde el fondo. Creo que el paraíso debe ser parecido a eso que encontré en aquella loma desde la que se divisa la propia costa haitiana.
Por unas horas disfruté de aquella bahía en la que no había otra persona más que yo, con paseos y baños en sus calientes y transparentes aguas hasta que me di cuenta de que tenía que volver para poder coger la última guagua a Barahona… en un trayecto que compartí con el simpático Ramón, un joven estudiante de Contabilidad que trabaja en Santo Domingo instalando alarmas para poder pagarse los estudios; me habló de política y del futuro prometedor que estaba convencido que le esperaba algún día…
Y precisamente futuro prometedor es lo que celebraron en la comunidad de Kilómetro Cincuenta y nueve, perteneciente a Villa Altagracia, el día posterior. Las gentes del lugar querían festejar que por fin iban a tener agua gracias a la instalación de una tubería desde un arroyo cercano, y a la construcción de un pequeño depósito con sistema de potabilización. Me pareció una idea muy original lo de lanzarse a celebrar la llegada del agua, aunque la alegría se festejaba por separado… bajo un sombrajo hecho con ramales comían los obreros que habían realizado la obra y sus esposas, mientras que los técnicos comían junto a la piscina de una linda casa turquesa construida en una enorme finca… Sí, las cosas son así en una realidad donde el ser ‘lisensiado’ es un pasaporte hacia el Olimpo de la sociedad.
Sólo disponía de un día y medio más en el país cuando, entre las posibles alternativas, decido ir a conocer la península de Samaná, popular por sus innumerables cocoteros y por su naturaleza aún virgen, en un país donde las costas están empezando a llenarse de lujosos hoteles en los que los norteamericanos y europeos se encierran por una semana con una pulserita atada a la muñeca, que les garantiza todos los servicios que quieran dentro de la exclusiva superficie del hotel… Por suerte aún quedan muchos lugares que no siguen ese patrón.
Llegar a Samaná fue toda una odisea. Desde Santo Domingo tomé un autobús de ‘Caribe Tours’ que en teoría debía haber llegado a las cinco horas, pero como dicen los dominicanos, ‘la guaga se dañó’ y tuvimos que esperar en el campo algunas horas hasta que nos recogió otro bus. La odisea me sirvió para hablar con los compañeros de viaje, ayudar a parar un ‘carro’ para que una joven anestesista pudiera llegar a trabajar al hospital de Nagua en el que tenía que atender dos cesáreas, charlar con un fribroso joven que tras once años de emigrante en Puerto Rico volvía a Samaná a ver a su familia, y conocer a Omar y Melissa, una simpática pareja dominicana-brasileña que iba a pasar el fin de semana en la playa y con la que conecté rápidamente.
Samaná es un lugar precioso. El malecón de la ciudad tiene vistas a algunas de las islas que están sembradas en la bahía, como el Cayo Levantado, y la colina que se encuentra tras ella está plagada de altísimos cocoteros, que dan un rico y jugoso fruto, como pude probar en el mercado. Con Omar y Melissa tomé un motoconcho -un ciclomotor al que se une una estructura que me recordó a los ritchaus de la India-, que conducía un alocado joven que me contó cómo habían matado a su hermano de dieciséis años hacía unos días y cómo pensaba vengarse de su asesino. Intenté persuadirlo con el argumento de que su hermano no volvería y que encima él acabaría en la cárcel, pero no creo que este tipo de reflexiones sean tenidas en cuenta en estas latitudes… El motoconcho, tras un trayecto de una hora entre cocoteros y poblados en los que se cocina marisco al coco, me llevó hasta el poblado pesquero de Las Galeras, con una playa de arena blanca y fina, bañada por las aguas ya no del Mar Caribe sino del Atlántico. Maravilloso lugar para pasar algunos días, aunque tristemente sólo dispongo de algunas horas antes de regresar a Samaná.
Bachata en los colmados, suave brisa marina y declaración de amor de un joven que dice haberse enamorado de mí y que me invita al baile que ofrecen en casa de su tía, aprovechando que su primo es director de la banda de música… Me acribillan los mosquitos.
Por suerte el regreso desde Samaná a Santo Domingo no es nada accidentado, así que llego según lo previsto. Antes de recoger el equipaje y de ir al alejado aeropuerto de Las Américas, a casi veinticinco kilómetros de Santo Domingo, me queda aún tiempo para pasea r por la capital… por su concurrida feria del libro, por su Universidad, por sus largas y ruidosas avenidas, por sus esquinas repletas de publicidad electoral de Leonel Fernández, Aristide y Miguel Vargas… y para comprar un precioso cuadro de estilo naïf y colores chillones, pintado por un haitiano que malvive en esta ciudad de varios millones de habitantes en la que se refleja la vida de este país que se mueve y progresa a ritmo de bachata, dando estabilidad social y política a este Caribe en el que con frecuencia los huracanes son algo más que fenómenos meteorológicos.

Rumanía: Europa abre sus puertas al Conde Drácula

"A lo largo de este texto se recogen algunos de los correos electrónicos escritos durante una estancia en Rumanía de casi una semana, con el tiempo justo para impregnarme del ambiente de Transilvania dando la bienvenida al verano"

Rumanía, Junio 2007

Desde Sibiu (22-6-07)
Hola familia:
Ya echaba de menos yo esto de viajar y lo intenso que se vive el tiempo. No sé por qué suceden estas cosas (por cierto, no hay acentos en este teclado), pero en cuestión de un día me han sucedido tantas cosas que tengo que contarlas para no reventar...
Ayer por la tarde cogí en Barcelona el avión a Bucarest... y preguntando en la cola de embarque conocí a dos sevillano-barceloneses de cincuenta y tantos, con un joven rumano, dedicados al negocio inmobiliario, que iban a comprar terrenos para revender en Rumanía... La cuestión es que hablando con ellos les comenté que viajaba sola; me contaron que tenían un coche alquilado esperándolos en el aeropuerto, y que se iban a Brasov (eso está en las montañas de Transilvania) nada más llegar, así que me ofrecieron plaza en el coche si quería... A mí me venía de lujo porque mi idea era hacer noche en Bucarest, enterarme de dónde se cogían trenes o autobuses e ir a Brasov al día siguiente...
En fin, que a lo tonto, me encontré en Bucarest, en un Megane cruzando los Cárpatos con unos especímenes de lo más curioso. Cenamos por el camino (me invitaron ellos, que parecía que me tenían apadrinados) en un local de comida casera... una sopa de legumbres con carne de ternera!, unas ensaladas!, y así seguimos ruta hasta Brasov, atravesando unas zonas de montaña preciosas, con casas de madera muy de estilo alemán y bosques de pinos y abetos altísimos.
Me alojé en un hotel que estaba muy cerca del que habían reservado mis acompañantes (por supuesto, ellos me acompañaron a hacer la reserva y demás) y esta mañana hemos desayunado juntos, aunque cada uno seguíamos rumbos diferentes... (se han quedado con mi dirección y teléfono por si les da por hacer negocios inmobiliarios en Islantilla o Lepe).
La visita a Brasov ha estado muy bien, es una ciudad con cierto aire medieval, con varias iglesias ortodoxas llenas de iconos y retablos, tapices otomanos (de cuando los turcos campeaban por aquí). Iba directa en busca de una oficina de turismo para que me explicaran qué visitar y dónde, y me encontré con dos chicos canarios en la Universidad que llevaban nueve meses con una beca Erasmus, y que me explicaron todo tan clarito que me recorrí los rincones con más encanto de la ciudad, comí en un local curiosísimo, cogí el autobús y me planté en la estación de trenes rumbo a Sibiu (más adentrada aún en las montañas de Transilvania, que este año es Capital Europea de la Cultura). Han sido dos horas y media de tren preciosas, atravesando campos de cultivo con gente en carros, segando, niños gitanos con sombreros saludando al paso del tren, casitas de cuento... Así que después de encontrar alojamiento en Sibiu, en un "hostel internacional" en todo el centro de la ciudad y de comenzar mi recorrido por ella, me he encontrado un cibercentro y he pensado que era el momento ideal para contaros cómo me van las cosas.
Aún no ha pasado un día y ya me he recorrido una cuarta parte del país... ¡Qué intensidad y qué calor hace en este país!
Ya os seguiré contando. Nieves desde SIBIU

Desde Sighisoara (24-6-07)
Hola a todos!!
En estos momentos estoy en Sighisoara, llegué en tren -a cualquier cosa le llaman tren- hace poco más de una hora. Mi primer contacto con este pueblo ha sido un tanto curioso, pensé que por un extraño acontecimiento paranormal había desaparecido toda la gente, ni un alma, ni un ruido... hasta que me he dado cuenta de que todo el mundo está en misa, que es lo que Dios manda los domingos.
He dejado Sibiu muy tempranito, como a las cinco de la mañana o así. La estancia en Sibiu me ha permitido descansar un poco y disfrutar de la ciudad con largos paseos haciendo decenas de fotos a los detalles de calles y casas. Tienen una curiosa arquitectura, con tejados a dos aguas tan, tan inclinados que parece que las propias tejas vayan a resbalar en cualquier momento, además en los tejados se abren ventanitas en horizontal, a modo de ojos, que parece que te estén mirando desde lo alto... con nieve debe ser espectacular.
Salvando todas las distancias, Sibiu parece Córdoba, y no lo digo sólo por el calor, sino porque hay iglesias de todas las confesiones y a cual más impresionante y lujosa. Ganan por goleada, eso sí, las iglesias ortodoxas, con esos retablos y frescos que no dejan libre ni un centímetro de pared con miles de figuritas pintadas de colores y pan de oro... También se nota por la cantidad de sacerdotes barbudos, vestidos de negro y con esos bonetes aplastados que aparecen por cualquier esquina con un librito bajo el brazo (es la misma sensación que tenía en Polonia con las monjas, que parecían una plaga...).
Lo cierto es que el día de ayer prometía poco porque a las seis de la mañana empezaron a sonar truenos como por megafonía, la habitación del albergue se iluminaba cada diez segundos y no dejó de llover hasta el mediodía, pero después salió un sol que lo secó todo en un segundo (muy tropical para estas latitudes). Lo mejor fue sin duda la visita al mercado. Está en las afueras de Sibiu y dudo que lleguen turistas allí si no es porque se pierdan o los lleve la intuición... De pronto, al volver una esquina, aparecen cientos de puestos de hortalizas y frutas regentados por abuelitos con ropas tradicionales, los hombres con sombrero y las mujeres con faldas largas de flores y pañuelos atados a la cabeza. Tienen los carros aparcados al lado, usan balanzas tan rudimentarias como las de los marroquíes (en lugar de cubitos de plástico los emplean de latón como recipientes). Abundan los pimientos, las cerezas (buenísimas!!!), los melocotones y las manzanas. Las gitanas y los niños venden flores y cucharones de madera...
Luego cruzas la muralla y entras de nuevo en la ciudad medieval y adelantas un siglo el reloj; aparecen por todos lados banderas europeas (aquí son más abundantes que las propias de Rumanía), exposiciones de fotos en la calle, carteles de los conciertos del fin de semana, un maratón universitario, medusas interactivas y hasta aerostáticas... Bueno, tanta modernidad me tiene abrumada, que soy de pueblo...
No sé por qué extraña razón los rumanos que veo en Rumanía se parecen tan poco a los rumanos que veo en España... Curiosamente es muy fácil encontrar a gente que sepa hablar español y según me explican la razón no es otra que el enganche a las telenovelas sudamericanas que tiene el personal... al menos eso me ha contado esta mañana una familia de las cientos que venían en el tren conmigo rumbo a una playa artificial que se forma en el río que atraviesa Sibiu.
Llevan neveras, sombrillas y desde las siete de la mañana van bebiendo cerveza y cantando canciones populares dentro del tren (!cómo estarán a las dos de la tarde!). Buena parte del trayecto me ha tocado hacerlo sola porque los domingueros han bajado todos en bandada en una de las estaciones... pero ha sido fabuloso, he hecho noventa kilómetros en dos horas y media -sin exagerar lo más mínimo- parando cada cinco minutos en el apeadero de un nuevo pueblecito, subían varios abuelitos con bolsas de calabacines y pepinos y así hasta la siguiente parada. El tren atraviesa las llanuras de Transilvania, praderas enormes llenas de vacas y caballos pastando, alpacas de paja formando montañitas y casitas dispersas a veces agrupadas formando aldeas con su iglesia y su torre encapuchada como las de los castillos de las historias de terror...
Vamos, que cuando el tren ha llegado a Sighisoara me ha dado una lástima... hubiera seguido así todo el día, sobre todo ahora que le he estoy sacando partido al "diccionario" rumano que llevo anotado en el cuaderno... no podía imaginar que la combinación de cinco palabras ofreciera tantas posibilidades de comunicación.
Sighisoara es un pueblo precioso. Con arquitectura medieval, una ciudadela bien conservada, enclavado en una ladera rodeada de abetos altísimos, sin turistas, con gente de aspecto muy tradicional (por lo poco que he visto cuando han salido de las iglesias) y, aunque cualquiera de sus rincones merece detenerse un rato, de lo que los lugareños se sienten más orgullosos es de que en Siguisoara está la casa natal del Conde Drácula... en fin, no me inclino yo por eso de visitar vampiros con la anemia...
Ya os seguiré contando qué tal van las cosas, supongo que mañana escribiré otro correo, porque quiero entrar nuevamente en internet por si han publicado más notas de Derecho...
Me quedan sólo dos días, aunque espero que me cundan como hasta ahora, que parece que llevo ya un mes en Rumanía.
Besos. Nieves.

Desde Alba Iulia (25-6-07)
... No sé por qué diría yo que no había nadie en Sighisoara, porque de pronto aparecieron como una docena de autobuses de excursionistas (rumanos, italianos, alemanes, españoles) que lo llenaron todo, por suerte fue cosa de dos o tres horas nada más. Así que cambié las zonas más turísticas por otras menos transitadas que me condujeron hasta un nuevo mercado en el que una niña gitana, vestida con un traje de encaje rojo con lentejuelas plateadas (una mezcla entre Cenicienta y la Pantoja) me vendió un kilo de albaricoques que parecían mermelada. Junto al mercado había una iglesia ortodoxa -estos templos están siendo mi gran descubrimiento este viaje- en la que celebraban misa. A diferencia de las mezquitas marroquíes, en estas iglesias si haces lo mismo que los demás fieles, pasas totalmente desapercibida... así me enteré de que las misas las da un sacerdote de espaldas, de que los hombres se sientan en los asientos delanteros mientras que las mujeres lo hacen en los traseros (imaginaré que es por problemas de visión, por no pensar mal de la religión...) y de que la gente enciende velas en distintos lugares según si van destinadas a los muertos o a los vivos!!
El día iba de lo más bucólico, entre casas con grandes jardines con ciruelos, perales, vides y cerezos... hasta que a cinco metros de mis pies se produjo un accidente de coche con todos los efectos especiales imaginables. Por supuesto, el conductor culpable iba pasado de alcohol, que no es nada extraño en este país... Ni la bebida ni los salones de juego, por ese orden. Bueno, que en cinco minutos se montó un circo, lleno de policía y de gente que acudía incluso con los bocadillos a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
...Finalmente decidí que hoy dedicaría el día a Alba Iulia, la ciudad más grande del entorno de los montes Apuseni y que, como manda su nombre, tiene ruinas romanas -aunque bastante mal conservadas y, por supuesto, sin infraestructura turística, como en todo el país-. Para llegar hasta aquí he tenido que coger un tren que más o menos va siguiendo el curso del río Mures a través de las llanuras verdes de Transilvania, de los campos de maíz y judías, y de alguna que otra zona industrial en decadencia. Como no sabía muy bien dónde tenía que sentarme, el encargado del vagón restaurante, un húngaro mayorcete que olía a la misma colonia que mi abuela paterna (no miento), me ha invitado a hacer el recorrido en el restaurante del tren -un curioso habitáculo con flores de plástico, manteles de encaje de colores y con la niña prodigio rumana (un bebé Lolita que es el orgullo del país) sonando a todo volumen. No sé si me vería desvalida, pero el húngaro aparecía cada media hora con un regalito, primero un plato de galletas de chocolate, luego un disco, un té, más tarde un gato de peluche que dice "miau" si le tocas la cabeza. Para morirse!! Vamos, que el éxito que tengo con los cincuentañeros en este viaje ya lo podía tener con los de mi edad... Por suerte el tren llegó pronto a Alba Iulia.
... A mi lado en el cibercentro hay un señor que me está diciendo que ha vivido en Córdoba en 2004, que es cura ortodoxo, que se puede casar y tener hijos y me pregunta si necesita papeles para ir a España ahora... ¿qué le digo? ¿harán falta curas ortodoxos en los contingentes de trabajadores que hace el Gobierno? Esto es como Marruecos, aunque un poco más ligth...
Bueno, a lo que iba, en Alba Iulia hay poco que ver, lo mejor es que la ciudad está rodeada por los Apuseni y por muchísimo verde. Supongo que lo ideal sería adentrarse en los montes, aunque el tiempo no me deja ya porque mañana tengo que estar en Bucarest. No sé cómo lo he hecho, pero he acabado en un hotel situado en medio del campo porque en la ciudad no hay alojamientos. Me llevó hasta allí en un coche de los años de la Perestroika el novio de la dueña de una oficina de cambio, un joven vestido de blanco con un macrocordón de oro de los que producen desviación de columna a medio plazo, que hablaba italiano porque estuvo diez años trabajando en Roma (dice que ahora tiene su "firma" en Rumanía... no sé, pero lo imagino de socio de mis "padrinos" del negocio inmobiliario).
En cualquier caso la gente es agradable, llena los parques, los cafés, los mayores juegan en las plazas al ajedrez (había olvidado esa costumbre tan del Este que me alucinaba en Eslovaquia y Polonia) y debe ser porque es verano, pero en cualquier sitio hay puestos de fruta (este está siendo el viaje de los albaricoques y las ciruelas, en lugar del de las mandarinas y los higos secos...).
Bien, parece que no le queda mucho ya a esta escapada, aunque nunca se sabe... Mañana toca Bucarest antes de llegar a Barcelona, ¡a ver qué tal!
Supongo que este es mi último correo, aunque quizá me dé tiempo mañana en Bucarest de entrar en internet a mirar si han publicado más notas de Derecho, y escribo aunque sea algo breve...
Besos. Nieves.

Desde Bucarest (26-6-07)
... A veces -al menos en mi caso- esperamos de los viajes la posibilidad de encontrar el paraíso, o al menos estar en él algún tiempo... Pues bien, yo en este viaje he descubierto el infierno, que es esta ciudad desde la que escribo (menos mal que la evité el primer día). No sólo el calor es insoportable (la media de temperatura aquí es siempre cinco grados por encima del resto del país), sino el tráfico, la polución, el mobiliario urbano, los enormes bulevares sin bancos, las fuentes sucísimas, la publicidad que lo infecta todo (ese capitalismo adoptado con tanta ansiedad...). Cuento esto para que no penséis que todo Rumanía es maravillosa, quizá he adornado más de la cuenta las crónicas... aunque las ciudades tienen encanto, no tienen nada de especial si no fuera por la estética del Este de la gente, esos hombres con bigotes enormes, esas señoras con medias de colores y sandalias de charol con plataformas, paseando junto a enormes carteles de Dior o D&G... esos carros cargados con familias gitanas que se cruzan con coches BMV tunneados y la niña prodigio sonando por los altavoces para que la escuchen en Hungría...
Hoy el día ha sido agotador, me levanté a las cuatro de la mañana, en parte porque tenía que madrugar para coger el tren a tiempo, y sobre todo porque el perro que guardaba el hotel se puso a ladrar como una fiera a otros perros que había por el campo y levantó de sus camas a todos los huéspedes.
Así que ahí iba Nieves, por el campo caminando a las cinco de la mañana hasta la parada más cercana de autobús (cómo pensé en todos esos niños que tienen que hacer un recorrido similar a diario para llegar al colegio!!!). El autobús -el primero de la mañana- va lleno de trabajadores que se van quedando en las fábricas, con sus bolsitas de plástico en las que llevan galletitas y unas roscas de pan muy especiadas que están de muerte. Creo que la comida en este país es bastante buena, aunque no me ha dado tiempo ni hambre como para probar la cuarta parte.
El tren en el que he llegado hoy a Bucarest cruza todo el país. Viene desde Viena y atraviesa también Hungría (esto es evidente, ¿no?), hay otro que hace algo similar desde Praga, lo que me ha dado ideas para otro viaje porque, sin duda, los trenes han sido la experiencia más rica de estos cinco días.
Lo mejor, además de la compañía, ha sido cruzar nuevamente la zona sur de los Cárpatos pero esta vez de día. Los picos que se intuían en mi primera noche de viaje en coche con mis "padrinos" se veían ahora impresionantes, unas paredes enormes y, muy, muy recortadas. Los bosques de abetos gigantes (no sé decir, pero seguro que más de diez o quince metros), y el tren atravesándolos sin que pudiéramos ver otra cosa más que árboles y más árboles.
Me tocaron como compañeros de compartimento dos señores que trabajaban en la compañía ferroviaria y con los que, con las poquitas palabras que he aprendido, los gestos, los dibujos en el cuaderno y el sentido común, hemos estado seis horas sin interrupción hablando de la historia de Rumanía, de Ceaucescu, de la Unión Europea, de Franco, del nivel de vida y del fútbol en España (ya podéis imaginar que esta conversación es imposible de evitar estés donde estés). Al final hemos acabado comiendo frambuesas que vendía un niño -subió al tren en una de las paradas de las montañas con un gran cesto y una camiseta de Ronaldinho- y haciendo planes para que el próximo verano vuelva a Rumanía a hacer caminatas por las montañas de la frontera con Moldavia (creo que esta es la mejor zona del país, la menos turística y la menos explotada... y la que tiene la arquitectura más peculiar, con unos monasterios redondos de los que Nuri me había hablado muy bien).
En cualquier caso los Cárpatos (pero para dedicarles tiempo y adentrarse en las zonas rurales) deben ser una maravilla, con osos incluidos que al parecer es fácil encontrar (me explicaron que este año, en invierno, un oso mató a tres americanos... claro que mis posibilidades de comunicación no han sido tan fluidas como para preguntarles qué hacía un oso despierto en invierno y qué hacían tres americanos a treinta grados bajo cero caminando por los Cárpatos...).
En cuanto a Bucarest, de las cinco horas que tengo que estar aquí, me sobran tres, así que os podéis hacer una idea... He visitado la Casa del Pueblo -el Parlamento mazacote que hizo Ceaucescu y que después de estar aquí no quería perdérmelo- y alguna que otra basílica ortodoxa porque en su interior hace fresquito...
Así que me espera el avión, llegaré a Barcelona a las once de la noche más o menos, y no tengo ni idea de lo que voy a hacer, lo único claro es que a las 6,10 horas tengo que embarcar para el vuelo de Sevilla... y tampoco quiero molestar a nadie, que todos trabajáis mañana.
Besos. Nieves.

martes 1 de julio de 2008

Marruecos: Al sur del sur

Recortes de un diario de viaje
Un par de viajeros, dos pasaportes; un coche cargado de juguetes, caramelos, ropa, material escolar y muchas ganas de aprender y conocer… Así comienza un viaje por el vecino Marruecos, desde la frontera de Ceuta hasta los límites con Argelia y Mauritania, pasando por aldeas bereberes, cordilleras nevadas, dunas de terciopelo, oasis a la orilla de ríos plateados, ciudades imperiales, zocos laberínticos y acantilados sobre playas interminables… No, esto no es un rally sino todo lo contrario. Recorrer Marruecos es olvidarse de la velocidad y la prisa porque el tiempo se mide al ritmo del té.

29-11-2006 Chefchaouen:
“La ciudad está tomada por policías llegados de todos los puntos del país, militares, instaladores de vallas y banderas, agentes de seguridad real, grúas y un sinfín de infraestructuras especialmente previstas para la visita de Mohamed VI (la tercera en diez meses a esta ciudad norteña). Miles de personas han llegado de otros lugares de la región para poder ver personalmente al Rey. Cuentan que se pasea solo por las calles de Chefchaouen, por los montes del Rif y que está construyendo un palacio para sus próximas visitas. El pueblo lo adora, lo aplaude, le rinde todo tipo de honores… a pesar de la pobreza, el hambre o el desempleo alarmante”.
“Los niños hoy no han tenido colegio (los que van habitualmente, claro) y desfilan gritando por las calles y entonando cánticos de alabanza a su divino monarca. Nos mimetizamos entre la población; colocados tras unas vallas esperamos a que al fin pase el coche del Rey, que saluda a uno y otro lado de la calle desde los asientos traseros de su flamante descapotable”.

2-12-2006 Meknes:
“Hace frío y llueve. Nos refugiamos en un curioso bar en el que decenas de hombres siguen en un antiquísimo aparato de televisión un partido de fútbol entre un equipo marroquí y otro tunecino. Pierde el marroquí, así que los hombres se enfadan y levantan de sus sillas protestando. Toman té y café, juegan a las cartas y el parchís, fuman y charlan a gritos. Me pregunto por qué ninguno está trabajando. El ambiente está cargado por la derrota. De vez en cuando alguien nos mira, pero está claro que ser extranjeros en un día como hoy no es ninguna atracción… el fútbol es el fútbol también en este país. No hay mujeres en el local”.
“Caminando por la medina hemos llegado a un curioso barecillo. No hay menú ni carta. No pedimos. El dueño del bar, Ibrahim, nos sirve la comida que él estima conveniente: ensalada, berenjenas, verdura salteada, pescado frito, tajine de sardinas y una fuente de naranjas mandarinas. Llueve mucho y del techo de chapa nos caen algunas gotas de vez en cuando. Creo que hemos pagado, al cambio, unos cinco euros por todo… Necesito cargar las pilas de la cámara de fotos; Ibrahim me indica que no me preocupe, desconecta el frigorífico y coloca mi cargador en el único enchufe de su restaurante”.

3-12-2006 Meknes-Azrou:
“Llevamos caramelos, juguetes, biberones, ropa de niño y material escolar al orfanato de la Fundación Rita Zniber. Está en la planta quinta de un hospital. Hemos despertado gran expectación entre el personal médico y los propios huérfanos cuando nos han visto con las cajas y las bolsas. Los mayores no paran de darnos conversación, preguntan por España, el fútbol, nuestros nombres, nuestra vida… Los pequeños están en cunas, toman el biberón y miran fijamente los movimientos, estimulados con nuestra llegada. Durante algunas horas nuestra visita proporciona una película en tres dimensiones a los internos y a los propios trabajadores de la fundación; sin duda ha sido un día diferente para todos. El pequeño Nasser quiere que lo apadrine y lo lleve conmigo a conocer el desierto”.
“Ha sido especialmente complicado entender que casi doscientos niños se amontonen en unos poco metros cuadrados durante toda su infancia y adolescencia, sin otro cariño que el de sus cuidadores, mientras miles de familias en Occidente aguardan durante años en listas de espera para poder formalizar una adopción. A pesar de la paradoja, la experiencia ha sido muy rica”.

5-12-2006 Midelt-Izougaghen:
“Al salir de Midelt en dirección a las antiguas minas de plomo (que explotaban los franceses hasta el siglo pasado), las vistas de Yébel Ayachi son magníficas. La nieve, brillante por el sol, contrasta con los rojos y rosados de la tierra pedregosa que va conformando la hamada. Comienzan los desfiladeros del río Moulouya poco antes de llegar a Aouli, el único pueblo que queda en el camino. El curso del río es curioso porque el agua, a pesar del mineral que arrastra, tiene color azulado”.
“Al llegar a las minas el paisaje es desolador. No sólo la mina, sino las casas, barracones, almacenes, cine… están abandonados y deteriorados en grado extremo. Alguien grita llamándonos. Es una niña, Aziza, dice que su familia es la única que vive en ese fantasmagórico lugar y que su padre es el guardián… la situación es surreal: no hay nada que guardar”.
“Nos invita a tomar el té en su casa, que no es otra cosa que un pequeño almacén de la mina medio acondicionado con un horno para cocinar y calentarse, un radiocasete y algunas mantas para la noche. El té desemboca en toda una jornada con nuestros anfitriones, una familia bereber de las montañas del Medio Atlas compuesta por Asó, el padre; Etó, la madre; Aziza, la pequeña y Bedda, que acaba de cumplir dieciocho años; los demás hermanos han buscado mejor fortuna en otras partes del país”.
“Bedda quiere ir a trabajar a España. No le importa de qué. Quiere que su padre me dé dinero para que yo le compre un contrato. Con palabras fáciles intento explicarle que la cuestión no es tan sencilla y que España no es el país de las maravillas que ella sueña. Sin embargo no hay modo de que vea las cosas con más calma; insiste en saber en qué mes podrá ir a trabajar a España. Mientras Etó cocina un gran cous-cous, Aziza nos canta canciones bereberes y Bedda amasa el pan convencida de que seremos su pasaporte a Europa: El lugar y los personajes son tan bucólicos como anacrónicos… son los protagonistas de una tragicomedia”.

7-12-2006 Rissani-Merzouga:
“Amanece. Desde la ventana del hotel se percibe cómo empieza la vida en esta ciudad de bicicletas… Hombres con chilaba, casi todos de tez negra, empiezan a escoger las mejores esquinas para sentarse y, a lo largo del día, se moverán apenas levemente al mismo ritmo que lo va haciendo el sol. Las mujeres van cubiertas en extremo. A veces tengo la sensación de estar en Irán o en Yemen”.
“Comienza una larga caminata por el zoco semanal de la ciudad. Están cargados de color los mercados de verdura, frutas, especies, pasteles, carnes e incluso pescado. Me llaman especialmente la atención los puestos de remedios para todo: charlatanes vociferando y haciendo demostraciones de algunas soluciones milagrosas para la calvicie, los dolores de reuma o la impotencia… a precios tan irrisorios como sus potenciales resultados”.
“Salimos de Rissani rumbo a las aldeas de los alrededores, salpicadas de antiguas kasbahs en las que los niños hacen de guías mostrando los detalles más curiosos de esas construcciones de adobe centenarias: los palomares, las azoteas, los pozos… Repartimos caramelos, lápices y bolígrafos a diestro y siniestro; los pequeños quieren que les hagamos fotos mientras lucen enormes e ingenuas sonrisas”.
“Ponemos rumbo a Merzouga con la esperanza de ver la puesta de sol en alguna de las espectaculares dunas (…) Justo llegamos cuando el sol va cayendo y tiñendo el horizonte de todas las gamas imaginables de naranjas y rosados”.

9-12-2006 Tazarine-Nkol-Agdz:
“En algunos momentos de este viaje he tenido la sensación de estar en Irán, otras en Jordania, en Egipto, en Yemen e incluso en España. Ahora tengo la sensación de estar en la Luna, entre los cráteres de un volcán, en el oeste americano, en la sabana africana… e incluso en otro planeta. El paisaje se va transformando por metros. ¡Vaya país de contrastes que es éste! Bordeamos el Yébel Ougnat, una cordillera paralela al Alto Atlas. En una de nuestras escalas paramos junto a la jaima de una familia bereber nómada que pastorea con ovejas y carneros. Les dejamos ropa y juguetes (quizá los primeros que hayan tenido nunca los niños, a juzgar por la cara que han puesto al verlos) y nos corresponden ofreciéndonos té y pan con una curiosa sopa a base de patatas y zanahorias guisadas. La hospitalidad de bereberes y árabes es siempre sorprendente”.
“Llegamos a Agdz. Es de noche pero consigo orientarme un poco hasta dar con la kasbah en la que vive la familia de Fátima, a la que conocí el año pasado. Caminar por las calles de adobe, a oscuras y sin otra luz que la de las miles de estrellas que se aprecian en estas latitudes es una experiencia difícil de describir por su belleza. No creo que sea egoísta decir que es una auténtica suerte que no exista alumbrado público en este lejano lugar”.
“La familia de Fátima se emociona al vernos. Besos, abrazos, regalos; comenzamos con el té, la sesión de henna en manos y pies, el gran cous-cous, la risa de los niños que nos permite comunicarnos en ese lenguaje tan internacional… Es casi madrugada; Fátima insiste en que durmamos en su acogedora casa de adobe y nos prepara un cesto con dátiles y almendras para el camino del día siguiente. Al despedirme tengo la sensación de dejar en Agdz a parte de mi familia”.

11-12-2006 Ouerzazate-Taliouine-Taroudant:
“Por fin podemos salir de Ouerzazate después de estos dos días retenidos. Parece que el temporal de nieve ha amainado un poco en el sur dirección a Agadir, aunque las carreteras hacia el norte y especialmente hacia Marrakech siguen cortadas. Sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta si se podrá o no circular. Nos arriesgamos”.
“Subimos un puerto de montaña. Todo está cubierto de nieve. Por suerte la carretera no tiene hielo. Durante unas horas el único paisaje que nos acompaña es el de los picos y las palmeras cubiertas de blanco. Poco a poco las montañas de las estribaciones del Alto Atlas van dejando paso al Antiatlas y a pueblos diseminados por una extensa llanura en la que la nieve y la lluvia van desapareciendo y en su lugar se descubren pastores, burros cargados de leña, ovejas, lavanderas a la orilla de los ríos, palmeras espigadas, alguna que otra tetería de carretera…”.
“En breve alcanzamos Taliouine. Hoy hay zoco regional con cientos de puestos de verduras y frutas, alfombras, utensilios del hogar, aperos de labranza, gallinas y pavos, plásticos para construir chozas. Desde los caminos de las montañas bajan camionetas con gente apelotonada aprovechando cualquier hueco de los vehículos: es día de compras y ventas”.
“Encontramos un curioso lugar para comer; la comida se sirve en unos pequeños habitáculos sobre esterillas en el suelo (hay incluso quien la lleva desde su casa y sólo pide una pequeña bombona para calentarla), sin duda se trata de un establecimiento de uso para los propios vendedores del zoco. Nuestra llegada no es rechazada, aunque es motivo de sorpresa y curiosidad. Creo que somos los únicos extranjeros de la ciudad. El tajine; el mejor del viaje. Nos invitan a un té exquisito”.

13-12-2006 Inmouzer des Ida-Tamri:
“El recorrido se me asemeja al paisaje de las sierras de Jaén. Desde Inmouzer partimos a visitar un olivar junto a unas famosas cascadas que ahora no tienen agua… el cambio climático nos afecta a todos. Algunas niñas cogen aceitunas. Atravesamos el valle del Paraíso, en el que se mezclan arganes, palmeras datileras, olivos y retamas y en el que hacen de telón de fondo unos impresionantes desfiladeros con decenas de metros de altura”.
“Es de noche. Huele a mar. Por fin hemos alcanzado la costa atlántica”.

14-12-2006 Tamri-Essaouira-Safi:
“Essaouira está tal y como la recordaba. Sus fachadas blancas y azules, su trazado destartalado, sus murallas portuguesas y su medina llena de bullicio, vendedores de productos elaborados con madera de tuya, exquisitos dulces bañados en miel…”
“En el puerto el mercado de pescado y marisco tiene una actividad intensa. Hay miles de gaviotas revoloteando y de gatos esperando su recompensa. Los barcos entran y salen. Todo está impregnado de ese olor y sabor peculiar que tienen las ciudades portuarias”.
“Tomando un té entablamos conversación con un señor que nos pregunta de dónde venimos. Dice que vive en Madrid y que está en Marruecos para celebrar con su familia la fiesta del cordero a finales de mes. Lo imaginaba, ha estado trabajando en Lepe hace algunos años, así que me da recuerdos para algunos amigos que hizo. Es fascinante que el mundo sea tan pequeño”.

15-12-2006 Safi-Oualidia-El Jadida:
“He decidido entrar en un hamman [baño árabe]. He llevado todos los preparos para una sesión de intensa higiene, agua caliente y vapor, aunque allí me han dado varios cubos. El lugar está lleno de mujeres mayores, jóvenes y niñas; algunas me miran con curiosidad, especialmente las pequeñas. Junto a mí hay una chica que me indica cuáles son los grifos de agua fría y cuáles de agua caliente, además me da conversación. El hamman es de por sí un espectáculo: las mujeres, desnudas, se frotan y enjabonan una y mil veces, se lavan el pelo y lo peinan con una delicadeza exquisita. Un ritual que se realiza en familia y que se suele repetir cada semana. Salgo del hamman no sólo limpia y con la piel suave, sino completamente relajada por el efecto del vapor y el calor. Es un momento ideal para tomar un té con hierbabuena”.

16-12-2006 El Jadida-Azemmour-Rabat:
“Perderse por las calles de la medina de Azemmour se ha convertido en uno de los mayores atractivos de este viaje. Cualquier rincón ofrece un encuadre magnífico para hacer una foto llena de matices. El lugar tiene un encanto parecido al de Chefchaouen pero, en lugar de la montaña, tiene a su alrededor la desembocadura del río Oum Rbia en el Atlántico y cientos de pájaros en las orillas”.
“La muralla deja entrever lo que en su día debió ser esta ciudad; poblada por los portugueses que dominaron gran parte de la costa. Hoy, aún, algunas casas recuerdan aquellos años de esplendor, especialmente las que han sido restauradas por los europeos que están viendo en el incipiente turismo marroquí un filón en el que invertir”.

17-12-2006 Rabat-Tetuán-Ceuta-Algeciras:
“Rabat es una ciudad impresionante. Llena de riqueza histórica y cultural, con una medina entretenida, barrios llenos de encanto… es grande y con muchísima actividad política y económica, ordenada y moderna, para nada caótica como la maravillosa Marrakech. Lo único negativo que le encuentro es que a las diez de la noche no tiene ninguna vida”.
“Sólo pensar en la vuelta me entristece. Atravesamos Rabat hasta alcanzar la autopista de peaje que lleva a Tetuán…, es de bastante calidad, aunque el recorrido y el paisaje se hace bastante monótono, sólo animado porque de vez cuando en algún punto de la autopista puede aparecer un vendedor de bellotas o de miel, alguien ofreciendo pollos vivos, y hasta gente que incluso cruza en silla de ruedas…”.
“Pasar la frontera nos lleva casi una hora entre sellos, papeleos y excursiones por las ventanillas (…) tomamos el barco de la tarde, pero es de noche y no se ve nada, tan sólo las luces a uno y otro lado del Estrecho, las de Europa y las de África; las del sur y las del sur del sur…”.

Por las calles de Potosí

Cuando Alonso Barba era párroco del templo de San Bernardo en las tierras bolivianas de Potosí, allá por el siglo XVII, esta ciudad no era aún de Bolivia sino del Perú; por entonces los minerales que se extraían de las minas de plata y cobre de los cerros potosinos se llevaban hasta el puerto de Antofagasta –que en aquel tiempo no era de Chile como lo es en la actualidad- y desde allí, en barco, se trasladaba a Europa viajando a través del estrecho de Magallanes –casi rozando la Antártida- una larguísima travesía que hoy, con lo fácil que resulta atravesar el estrecho de Panamá, sería impensable… Cuatro siglos han sido suficientes para que se lleven a cabo cambios en las líneas fronterizas, guerras de independencia, colonizaciones y explotaciones europeas y norteamericanas; pero hay algo que a pesar de todo ese tiempo, y de los avances que la tecnología nos ha ido ofreciendo en él, permanece inalterable en Potosí, y no es otra cosa que la forma de trabajar en la mina y de extraer el mineral, con unos métodos tan arcaicos básicos como los que empleaban aquellos indígenas aymarás del Altiplano, instigados por los primeros españoles que llegaron a Potosí tras la Conquista.

Con ese aire extraño que ofrecen la mezcla de cibercentros con mineros de pico y barrena, los escaparates con ropa deportiva con mujeres ataviadas a la usanza tradicional, se muestra Potosí ante los más de cien mil pobladores que tiene este lugar y ante quienes hemos llegado hasta él atraídos por la espectacularidad de su paisaje rojizo, las maravillosas obras de barroco criollo, el colorido de sus fachadas coloniales y el trasiego de su gente por calles y mercados.
Es octubre, comienza –como en todo el hemisferio sur- la primavera de Bolivia. En cualquier caso no se percibe que las temperaturas se vayan templando porque Potosí está a más de 4.000 metros de altitud –bastante más que la propia cima del Mulhacén o del Teide-. Ello obliga a los potosinos a ir abrigados durante todo el año y les aporta un color rosa estallado en las mejillas, porque el sol en estas latitudes es bastante incisivo.

En Potosí, como en toda Bolivia, más del 80% de la población es indígena, perteneciente en gran parte a las etnias de los aymarás y los ucumaris; una gente de talla media, tez morena y sonrosada, humilde y apacible que, aunque mira con recelo al extranjero, no siente como tal a los que llegamos del otro lado del Atlántico hablando su misma lengua: esa es la verdadera hermandad con el pueblo latinoamericano…

… Llego a Potosí después de ocho horas de trayecto desde la capital, La Paz, en un autobús que llevaba casi el doble de los pasajeros permitidos, muchos de ellos apiñados en el pasillo y con grandes fardos con productos para vender en los mercados. En mi mochila llevo, entre muchísimas otras cosas, un ejemplar de la edición facsímil “El Arte de los Metales”, el libro que el lepero Alonso Barba escribió íntegramente en Potosí en 1640 y que supuso una auténtica revolución para la minería y la metalurgia a escala mundial.

En el Ayuntamiento de Potosí me espera Beco Ramírez para llevarme a la Alcaldía donde pretendo hacer entrega del libro al alcalde, René Joaquino, un político joven sensibilizado con la problemática de Bolivia que había sido animado a presentarse a las elecciones presidenciales del país –en diciembre- encabezando un frente de Alcaldes, pero que finalmente ha desistido para prestar su apoyo al MAS (Movimiento Al Socialismo) que lidera Evo Morales, el primer y único candidato indígena que se presenta a unas elecciones presidenciales y que cuenta con el apoyo de las clases más humildes de este país andino.

Me resulta curioso que la figura de Alonso Barba sea absolutamente desconocida en esta ciudad, no sólo nadie tiene referencias de su permanencia en Potosí como párroco de la bellísima iglesia de San Bernardo, sino que ni siquiera “El Arte de los Metales” es una obra considerada parte de su patrimonio histórico y cultural.

En cualquier caso, el interés que despierta mi visita es bastante grande y los numerosos y al mismo tiempo modestos medios de comunicación de la ciudad quieren hacerse eco de la importancia de la obra de Alonso Barba y de su figura. La idea no es otra que rescatar del olvido la hegemonía que Potosí tuvo en los siglos XVI y XVII, cuando la ciudad era la más poblada y dinámica del mundo, por la dimensión de su minería y porque en ella se acuñaban las monedas de plata y oro de curso legal en España y todas sus colonias.

En la Casa de la Moneda de Potosí –popularmente conocida como El Escorial de América- algunos documentos relatan que con las toneladas de plata que se extrajeron de las minas potosinas durante su época de esplendor podría haberse construido no un hilo, ni un cable, sino todo un puente de plata que atravesara el océano Atlántico uniendo España con Sudamérica. Aquella plata se esfumó, como lo hicieron también el apogeo y la grandiosidad de esta villa colonial, dejando tan sólo las más de treinta iglesias barrocas que salpican los distintos barrios de la ciudad y, sobre ellos, el gran Cerro Rico de Potosí: La Mina.

Cuando los jóvenes potosinos alcanzan la edad de trabajar no tienen muchas alternativas aparte de la mina, por lo que es fácil que cualquier familia tenga a todos sus varones empleados en el Cerro Rico: ocupados durante largas jornadas extenuantes, sin las más mínimas condiciones sanitarias ni de seguridad en el trabajo, picando manualmente en las estrechas y contaminadas galerías sin ventilación, con una esperanza de vida que rara vez supera los 50 años y con unos salarios diarios de 30 bolivianos –unos 3 euros-, sin olvidar la frecuencia con que se producen accidentes en la mina, a pesar de que “El Tío”, un curioso dios protector de los mineros, se coloca en la entrada de las galerías representado al estilo de los “judas” del Domingo de Resurrección, para evitar desgracias.

Aun así, Potosí parece una ciudad que va prosperando en el contexto de un país en el que la corrupción es el alma de la vida pública, la pobreza se ceba con la mayoría de la población, los niños piden limosna con las palabras “¿desea colaborar?” y los alimentos básicos, el gas y la vivienda son inalcanzables para la mitad de los bolivianos. A pesar de que en las principales ciudades bolivianas hay continuas protestas populares, manifestaciones contra el desabastecimiento de gas y combustible, cortes de carreteras y caminos, o barricadas en las vías del tren, en las calles de Potosí se percibe la calma y la paz que dan el encontrarse a más de 4.000 metros de altitud, respirando un aire con poco oxígeno y obligados a desarrollar la actividad diaria de una forma más pausada…

Decenas de niños con uniforme, acompañados por sus maestros, están recorriendo los principales edificios del patrimonio histórico monumental de Potosí (un buen número de ellos –antiguas casas coloniales, convento, iglesias- están restaurándose con la colaboración de la Agencia Española de Cooperación Internacional). El objetivo de estas visitas es sensibilizar a los pequeños potosinos sobre la necesidad de cuidar su municipio y hacer que se sientan orgullosos y conocedores de la riqueza artística que asoma por cualquier rincón de esta ciudad, conscientes de que en un futuro no muy lejano el turismo será otra importante fuente económica de la población potosina junto con la minería.
Ajenos a estas transformaciones que vienen fraguándose en los últimos tiempos, los mercados de Potosí siguen luciendo como siglos atrás, llenos de vida y movimiento, con una imagen casi explosiva gracias a los colores no sólo de frutas y verduras, sino de las telas con las que visten las mujeres potosinas. Papas, quinoa –un cereal que se cultiva a más de 3.000 metros de altitud-, choclo –maíz-, hojas de coca –para infusiones, masticar o fumar-, carne de llama y alpaca, gallinas, remedios para todas las enfermedades imaginables, zumos servidos en bolsas de plástico… Una actividad incesante que se prolonga hasta casi entrada la noche, cuando los hombres vuelven de la mina y en las calles principales se enciende el escaso alumbrado público.

Precisamente gracias a que la luz es poco intensa, la luna y las estrellas lucen con una intensidad inusual, como si también estuvieran hechas de plata de la mina, y muestran los contornos de las constelaciones que hace cientos de años alimentaban las profecías de los pueblos indígenas.

Al amanecer, una gran nube se establece sobre Potosí y deja caer unas gotas de lluvia que sirven para lavar las fachadas de las casas y llenar de barro las calles de los barrios más bajos y humildes. En el Cerro Rico la lluvia ha sido en forma de nieve, de manera que la mina aparece cubierta de una fina capa blanca… un manto como el d la virgen del Rosario que han sacado en procesión algunos feligreses, cantando eso de “Santa, Santa María, Madre de Dios…” mientras recorren las calles de Potosí, con el mismo recogimiento e idéntica religiosidad y fervor que los que vivían en esta ciudad minera allá por 1650, cuando Alonso Barba era el párroco de San Bernardo, en la falda de la mina de plata y cobre.

La educación especial en el Sáhara: La escuela de Castro

Todo el mundo conoce a Buyema Abdelfatah como Castro; pero no es precisamente su parecido con el líder cubano lo que le hace popular entre los saharauis, sino el ser el padre de la educación especial en la RASD –República Árabe Saharaui Democrática- en lo que se considera la primera experiencia mundial de implantación de esta variedad formativa en un campo de refugiados.

“Ocuparse del deficiente mental es un gesto humano” es el lema que aparece escrito en una de las paredes de adobe del centro en el que Castro y sus diez voluntarias atienden a cerca de 60 niños y jóvenes saharauis con alguna deficiencia mental o sensorial, sin más recursos que la voluntad y la ilusión por facilitar su integración en una sociedad exiliada en el desierto desde hace más de 25 años.
“Es miércoles. Castro me explicó que los niños tendrían hoy actividades especiales. Los pequeños retiran piedras del área de recreo; esas que conforman la pedregosa hamada argelina de Tindouf en la que los saharauis establecieran su refugio cuando huyeron de los bombardeos marroquíes. Hay sesión de vídeo y televisión. Castro proyecta doblada al español Air for une, la película en la que Harrison Ford interpreta a un presidente de los Estados Unidos secuestrado por unos árabes malos, malísimos… Los niños miran el televisor entusiasmados; parece la única medicina para Tfarrah, una joven autista” (Diario de viaje).

Castro llegó al Polisario en 1974, con tan sólo 16 años. Había sido uno más de los pastores nómadas de cabras y camellos que se movían con una jaima a lo largo del desierto en busca de pasto; una actividad que le permitió reflexionar largamente sobre la independencia y el futuro del pueblo saharaui. Después llegaron la guerra y el exilio forzoso aderezado por largas horas de siroco. Tras leer cuantos libros se le han puesto a tiro y entusiasmarse con las corrientes más vanguardistas de la psicología y la pedagogía, Castro se convirtió en toda una autoridad científica y en el hombre capaz de poner en pie la primera experiencia mundial de educación especial dentro de un campo de refugiados.

La Escuela de Castro, como todos conocen al centro, es un espacio cubierto de poco más de 200 metros cuadrados en la wilaya de Smara, con un área de recreo marcada por pequeñas piedras tras las que empieza el territorio de la integración. Protagonista de la entrada es una bicicleta estática que hace años cedieron unos andaluces para trabajar la psicomotricidad de los alumnos y la frase “Ocuparse del deficiente mental es un gesto humano” pintada sobre el adobe encalado de la pared. Por supuesto, sobre todo ello ondea, agitada por el siroco de los últimos días, la bandera de la desoída República Árabe Saharaui Democrática.

La pobreza de estas instalaciones, dotadas escasamente con material escolar y pedagógico de quinta o sexta mano donado por ONGs e instituciones españolas, no quita valor alguno al sueño cumplido de Castro, que dice haber “encontrado muchos baches” hasta alcanzar sus objetivos, que no eran otros que trabajar por la integración social de los discapacitados saharauis haciendo suya una máxima que se aplica cada mañana: “estamos aquí para educar, integrar y no marginar…”.

“Castro ha recogido a los niños de Mahbes, Farsía, Bir Lehlou, Ihyería, Tifariti y Haousa con un Land Rover del Polisario. Nunca pensé que tanta gente cupiese en un coche. El centro tiene 58 alumnos de entre 4 y 26 años. Niños sordos están en clase con otros síndrome Dow, con un pequeño sordo-ciego, con autistas e incluso con algún pequeño disléxico. Un aula con esa mezcla puede ser explosiva en España, aquí el intento parece más que bueno. Mariam y yo les hemos llevado un libro de dibujos para colorear y una caja de lápices. Todos se alegran…” (Diario de viaje)

La educación especial en los campamentos saharauis no se desarrolla en internados y está considerada como un paso que facilita el acceso a otros centros de enseñanza y a niveles superiores. Es competencia exclusiva de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis. Por ello, con Castro trabajan diez jóvenes voluntarias, a las que él ha formado en nociones básicas de atención a personas con discapacidades psíquicas y sensoriales: mujeres que no reciben otra recompensa que poder enseñar destrezas básicas a los niños, hacer sentir a cada uno de los alumnos del centro que son capaces de valerse por sí mismos en una sociedad que vive refugiada y que lucha a diario por sobrevivir, esperando recuperar un territorio arrebatado. La higiene personal, la comida, la relación con los demás, ordenar la casa o algo tan sencillo como atarse los cordones de los zapatos son algunas de las materias que se enseñan entre las paredes de adobe del centro de educación especial.

El equipo de Castro visita a las familias de los niños cada tres meses para evaluarlas. La mayoría colabora con los problemas de los pequeños, aunque Castro considera que la sociedad saharaui está aún lejos de poder entender el proyecto de integración global que él propone. Castro y sus maestras –como a él le gusta llamarlas- también realizan una autoevaluación del centro una vez a la semana. Mientras preparan y toman el espumoso té que ha dado fama a este pueblo milenario, preparan actividades innovadoras y capaces de asimilar por los pequeños, que se llevan a la práctica los miércoles –el día especial- en el que para ellos ocurren cosas tan divertidas como limpiar el recreo, ver la televisión, cepillarse los dientes, lavarse el pelo o regar una planta que ha nacido en el desierto tras las lluvias de marzo.

Los objetivos educativos con los alumnos no tienen límite mientras Castro siga contando con el apoyo y la colaboración tanto de la RASD como de algunas ONGs e instituciones europeas. Sin embargo, para estos niños con problemática especial es difícil poder salir a través de los programas de Vacaciones en Paz que se organizan cada verano desde este otro lado del Estrecho. Para ellos no hay avión, ni piscina, ni bicicleta, ni una familia de acogida que les enseña a chapurrear una nueva lengua; para ellos en cambio está la Escuela de Castro.

“Castro ha repartido una taza de leche en polvo y pan con sardinas en conserva a cada niño. Se lavan las manos y los dientes. La maestra Fatma saca agua para lavarles el pelo. Sólo hay un peine y una toalla. Castro enciende la televisión y el vídeo. Quiere que los niños vean una película y empiecen a diferenciar la ficción de la realidad. Los niños se entusiasman con el colorido de los dibujos animados. Mientras tanto, Castro retoma el libro que está leyendo: La transición en Marruecos, de Abdel Hamid Beyuki” (Diario de viaje).