Cuando Alonso Barba era párroco del templo de San Bernardo en las tierras bolivianas de Potosí, allá por el siglo XVII, esta ciudad no era aún de Bolivia sino del Perú; por entonces los minerales que se extraían de las minas de plata y cobre de los cerros potosinos se llevaban hasta el puerto de Antofagasta –que en aquel tiempo no era de Chile como lo es en la actualidad- y desde allí, en barco, se trasladaba a Europa viajando a través del estrecho de Magallanes –casi rozando la Antártida- una larguísima travesía que hoy, con lo fácil que resulta atravesar el estrecho de Panamá, sería impensable… Cuatro siglos han sido suficientes para que se lleven a cabo cambios en las líneas fronterizas, guerras de independencia, colonizaciones y explotaciones europeas y norteamericanas; pero hay algo que a pesar de todo ese tiempo, y de los avances que la tecnología nos ha ido ofreciendo en él, permanece inalterable en Potosí, y no es otra cosa que la forma de trabajar en la mina y de extraer el mineral, con unos métodos tan arcaicos básicos como los que empleaban aquellos indígenas aymarás del Altiplano, instigados por los primeros españoles que llegaron a Potosí tras la Conquista.
Con ese aire extraño que ofrecen la mezcla de cibercentros con mineros de pico y barrena, los escaparates con ropa deportiva con mujeres ataviadas a la usanza tradicional, se muestra Potosí ante los más de cien mil pobladores que tiene este lugar y ante quienes hemos llegado hasta él atraídos por la espectacularidad de su paisaje rojizo, las maravillosas obras de barroco criollo, el colorido de sus fachadas coloniales y el trasiego de su gente por calles y mercados. 
Es octubre, comienza –como en todo el hemisferio sur- la primavera de Bolivia. En cualquier caso no se percibe que las temperaturas se vayan templando porque Potosí está a más de 4.000 metros de altitud –bastante más que la propia cima del Mulhacén o del Teide-. Ello obliga a los potosinos a ir abrigados durante todo el año y les aporta un color rosa estallado en las mejillas, porque el sol en estas latitudes es bastante incisivo.
En Potosí, como en toda Bolivia, más del 80% de la población es indígena, perteneciente en gran parte a las etnias de los aymarás y los ucumaris; una gente de talla media, tez morena y sonrosada, humilde y apacible que, aunque mira con recelo al extranjero, no siente como tal a los que llegamos del otro lado del Atlántico hablando su misma lengua: esa es la verdadera hermandad con el pueblo latinoamericano…
… Llego a Potosí después de ocho horas de trayecto desde la capital, La Paz, en un autobús que llevaba casi el doble de los pasajeros permitidos, muchos de ellos apiñados en el pasillo y con grandes fardos con productos para vender en los mercados. En mi mochila llevo, entre muchísimas otras cosas, un ejemplar de la edición facsímil “El Arte de los Metales”, el libro que el lepero Alonso Barba escribió íntegramente en Potosí en 1640 y que supuso una auténtica revolución para la minería y la metalurgia a escala mundial. 
En el Ayuntamiento de Potosí me espera Beco Ramírez para llevarme a la Alcaldía donde pretendo hacer entrega del libro al alcalde, René Joaquino, un político joven sensibilizado con la problemática de Bolivia que había sido animado a presentarse a las elecciones presidenciales del país –en diciembre- encabezando un frente de Alcaldes, pero que finalmente ha desistido para prestar su apoyo al MAS (Movimiento Al Socialismo) que lidera Evo Morales, el primer y único candidato indígena que se presenta a unas elecciones presidenciales y que cuenta con el apoyo de las clases más humildes de este país andino.
Me resulta curioso que la figura de Alonso Barba sea absolutamente desconocida en esta ciudad, no sólo nadie tiene referencias de su permanencia en Potosí como párroco de la bellísima iglesia de San Bernardo, sino que ni siquiera “El Arte de los Metales” es una obra considerada parte de su patrimonio histórico y cultural.
En cualquier caso, el interés que despierta mi visita es bastante grande y los numerosos y al mismo tiempo modestos medios de comunicación de la ciudad quieren hacerse eco de la importancia de la obra de Alonso Barba y de su figura. La idea no es otra que rescatar del olvido la hegemonía que Potosí tuvo en los siglos XVI y XVII, cuando la ciudad era la más poblada y dinámica del mundo, por la dimensión de su minería y porque en ella se acuñaban las monedas de plata y oro de curso legal en España y todas sus colonias. 
En la Casa de la Moneda de Potosí –popularmente conocida como El Escorial de América- algunos documentos relatan que con las toneladas de plata que se extrajeron de las minas potosinas durante su época de esplendor podría haberse construido no un hilo, ni un cable, sino todo un puente de plata que atravesara el océano Atlántico uniendo España con Sudamérica. Aquella plata se esfumó, como lo hicieron también el apogeo y la grandiosidad de esta villa colonial, dejando tan sólo las más de treinta iglesias barrocas que salpican los distintos barrios de la ciudad y, sobre ellos, el gran Cerro Rico de Potosí: La Mina.
Cuando los jóvenes potosinos alcanzan la edad de trabajar no tienen muchas alternativas aparte de la mina, por lo que es fácil que cualquier familia tenga a todos sus varones empleados en el Cerro Rico: ocupados durante largas jornadas extenuantes, sin las más mínimas condiciones sanitarias ni de seguridad en el trabajo, picando manualmente en las estrechas y contaminadas galerías sin ventilación, con una esperanza de vida que rara vez supera los 50 años y con unos salarios diarios de 30 bolivianos –unos 3 euros-, sin olvidar la frecuencia con que se producen accidentes en la mina, a pesar de que “El Tío”, un curioso dios protector de los mineros, se coloca en la entrada de las galerías representado al estilo de los “judas” del Domingo de Resurrección, para evitar desgracias.
Aun así, Potosí parece una ciudad que va prosperando en el contexto de un país en el que la corrupción es el alma de la vida pública, la pobreza se ceba con la mayoría de la población, los niños piden limosna con las palabras “¿desea colaborar?” y los alimentos básicos, el gas y la vivienda son inalcanzables para la mitad de los bolivianos. A pesar de que en las principales ciudades bolivianas hay continuas protestas populares, manifestaciones contra el desabastecimiento de gas y combustible, cortes de carreteras y caminos, o barricadas en las vías del tren, en las calles de Potosí se percibe la calma y la paz que dan el encontrarse a más de 4.000 metros de altitud, respirando un aire con poco oxígeno y obligados a desarrollar la actividad diaria de una forma más pausada…
Decenas de niños con uniforme, acompañados por sus maestros, están recorriendo los principales edificios del patrimonio histórico monumental de Potosí (un buen número de ellos –antiguas casas coloniales, convento, iglesias- están restaurándose con la colaboración de la Agencia Española de Cooperación Internacional). El objetivo de estas visitas es sensibilizar a los pequeños potosinos sobre la necesidad de cuidar su municipio y hacer que se sientan orgullosos y conocedores de la riqueza artística que asoma por cualquier rincón de esta ciudad, conscientes de que en un futuro no muy lejano el turismo será otra importante fuente económica de la población potosina junto con la minería. Ajenos a estas transformaciones que vienen fraguándose en los últimos tiempos, los mercados de Potosí siguen luciendo como siglos atrás, llenos de vida y movimiento, con una imagen casi explosiva gracias a los colores no sólo de frutas y verduras, sino de las telas con las que visten las mujeres potosinas. Papas, quinoa –un cereal que se cultiva a más de 3.000 metros de altitud-, choclo –maíz-, hojas de coca –para infusiones, masticar o fumar-, carne de llama y alpaca, gallinas, remedios para todas las enfermedades imaginables, zumos servidos en bolsas de plástico… Una actividad incesante que se prolonga hasta casi entrada la noche, cuando los hombres vuelven de la mina y en las calles principales se enciende el escaso alumbrado público.

Precisamente gracias a que la luz es poco intensa, la luna y las estrellas lucen con una intensidad inusual, como si también estuvieran hechas de plata de la mina, y muestran los contornos de las constelaciones que hace cientos de años alimentaban las profecías de los pueblos indígenas.
Al amanecer, una gran nube se establece sobre Potosí y deja caer unas gotas de lluvia que sirven para lavar las fachadas de las casas y llenar de barro las calles de los barrios más bajos y humildes. En el Cerro Rico la lluvia ha sido en forma de nieve, de manera que la mina aparece cubierta de una fina capa blanca… un manto como el d la virgen del Rosario que han sacado en procesión algunos feligreses, cantando eso de “Santa, Santa María, Madre de Dios…” mientras recorren las calles de Potosí, con el mismo recogimiento e idéntica religiosidad y fervor que los que vivían en esta ciudad minera allá por 1650, cuando Alonso Barba era el párroco de San Bernardo, en la falda de la mina de plata y cobre.