jueves 3 de julio de 2008

Rumanía: Europa abre sus puertas al Conde Drácula

"A lo largo de este texto se recogen algunos de los correos electrónicos escritos durante una estancia en Rumanía de casi una semana, con el tiempo justo para impregnarme del ambiente de Transilvania dando la bienvenida al verano"

Rumanía, Junio 2007

Desde Sibiu (22-6-07)
Hola familia:
Ya echaba de menos yo esto de viajar y lo intenso que se vive el tiempo. No sé por qué suceden estas cosas (por cierto, no hay acentos en este teclado), pero en cuestión de un día me han sucedido tantas cosas que tengo que contarlas para no reventar...
Ayer por la tarde cogí en Barcelona el avión a Bucarest... y preguntando en la cola de embarque conocí a dos sevillano-barceloneses de cincuenta y tantos, con un joven rumano, dedicados al negocio inmobiliario, que iban a comprar terrenos para revender en Rumanía... La cuestión es que hablando con ellos les comenté que viajaba sola; me contaron que tenían un coche alquilado esperándolos en el aeropuerto, y que se iban a Brasov (eso está en las montañas de Transilvania) nada más llegar, así que me ofrecieron plaza en el coche si quería... A mí me venía de lujo porque mi idea era hacer noche en Bucarest, enterarme de dónde se cogían trenes o autobuses e ir a Brasov al día siguiente...
En fin, que a lo tonto, me encontré en Bucarest, en un Megane cruzando los Cárpatos con unos especímenes de lo más curioso. Cenamos por el camino (me invitaron ellos, que parecía que me tenían apadrinados) en un local de comida casera... una sopa de legumbres con carne de ternera!, unas ensaladas!, y así seguimos ruta hasta Brasov, atravesando unas zonas de montaña preciosas, con casas de madera muy de estilo alemán y bosques de pinos y abetos altísimos.
Me alojé en un hotel que estaba muy cerca del que habían reservado mis acompañantes (por supuesto, ellos me acompañaron a hacer la reserva y demás) y esta mañana hemos desayunado juntos, aunque cada uno seguíamos rumbos diferentes... (se han quedado con mi dirección y teléfono por si les da por hacer negocios inmobiliarios en Islantilla o Lepe).
La visita a Brasov ha estado muy bien, es una ciudad con cierto aire medieval, con varias iglesias ortodoxas llenas de iconos y retablos, tapices otomanos (de cuando los turcos campeaban por aquí). Iba directa en busca de una oficina de turismo para que me explicaran qué visitar y dónde, y me encontré con dos chicos canarios en la Universidad que llevaban nueve meses con una beca Erasmus, y que me explicaron todo tan clarito que me recorrí los rincones con más encanto de la ciudad, comí en un local curiosísimo, cogí el autobús y me planté en la estación de trenes rumbo a Sibiu (más adentrada aún en las montañas de Transilvania, que este año es Capital Europea de la Cultura). Han sido dos horas y media de tren preciosas, atravesando campos de cultivo con gente en carros, segando, niños gitanos con sombreros saludando al paso del tren, casitas de cuento... Así que después de encontrar alojamiento en Sibiu, en un "hostel internacional" en todo el centro de la ciudad y de comenzar mi recorrido por ella, me he encontrado un cibercentro y he pensado que era el momento ideal para contaros cómo me van las cosas.
Aún no ha pasado un día y ya me he recorrido una cuarta parte del país... ¡Qué intensidad y qué calor hace en este país!
Ya os seguiré contando. Nieves desde SIBIU

Desde Sighisoara (24-6-07)
Hola a todos!!
En estos momentos estoy en Sighisoara, llegué en tren -a cualquier cosa le llaman tren- hace poco más de una hora. Mi primer contacto con este pueblo ha sido un tanto curioso, pensé que por un extraño acontecimiento paranormal había desaparecido toda la gente, ni un alma, ni un ruido... hasta que me he dado cuenta de que todo el mundo está en misa, que es lo que Dios manda los domingos.
He dejado Sibiu muy tempranito, como a las cinco de la mañana o así. La estancia en Sibiu me ha permitido descansar un poco y disfrutar de la ciudad con largos paseos haciendo decenas de fotos a los detalles de calles y casas. Tienen una curiosa arquitectura, con tejados a dos aguas tan, tan inclinados que parece que las propias tejas vayan a resbalar en cualquier momento, además en los tejados se abren ventanitas en horizontal, a modo de ojos, que parece que te estén mirando desde lo alto... con nieve debe ser espectacular.
Salvando todas las distancias, Sibiu parece Córdoba, y no lo digo sólo por el calor, sino porque hay iglesias de todas las confesiones y a cual más impresionante y lujosa. Ganan por goleada, eso sí, las iglesias ortodoxas, con esos retablos y frescos que no dejan libre ni un centímetro de pared con miles de figuritas pintadas de colores y pan de oro... También se nota por la cantidad de sacerdotes barbudos, vestidos de negro y con esos bonetes aplastados que aparecen por cualquier esquina con un librito bajo el brazo (es la misma sensación que tenía en Polonia con las monjas, que parecían una plaga...).
Lo cierto es que el día de ayer prometía poco porque a las seis de la mañana empezaron a sonar truenos como por megafonía, la habitación del albergue se iluminaba cada diez segundos y no dejó de llover hasta el mediodía, pero después salió un sol que lo secó todo en un segundo (muy tropical para estas latitudes). Lo mejor fue sin duda la visita al mercado. Está en las afueras de Sibiu y dudo que lleguen turistas allí si no es porque se pierdan o los lleve la intuición... De pronto, al volver una esquina, aparecen cientos de puestos de hortalizas y frutas regentados por abuelitos con ropas tradicionales, los hombres con sombrero y las mujeres con faldas largas de flores y pañuelos atados a la cabeza. Tienen los carros aparcados al lado, usan balanzas tan rudimentarias como las de los marroquíes (en lugar de cubitos de plástico los emplean de latón como recipientes). Abundan los pimientos, las cerezas (buenísimas!!!), los melocotones y las manzanas. Las gitanas y los niños venden flores y cucharones de madera...
Luego cruzas la muralla y entras de nuevo en la ciudad medieval y adelantas un siglo el reloj; aparecen por todos lados banderas europeas (aquí son más abundantes que las propias de Rumanía), exposiciones de fotos en la calle, carteles de los conciertos del fin de semana, un maratón universitario, medusas interactivas y hasta aerostáticas... Bueno, tanta modernidad me tiene abrumada, que soy de pueblo...
No sé por qué extraña razón los rumanos que veo en Rumanía se parecen tan poco a los rumanos que veo en España... Curiosamente es muy fácil encontrar a gente que sepa hablar español y según me explican la razón no es otra que el enganche a las telenovelas sudamericanas que tiene el personal... al menos eso me ha contado esta mañana una familia de las cientos que venían en el tren conmigo rumbo a una playa artificial que se forma en el río que atraviesa Sibiu.
Llevan neveras, sombrillas y desde las siete de la mañana van bebiendo cerveza y cantando canciones populares dentro del tren (!cómo estarán a las dos de la tarde!). Buena parte del trayecto me ha tocado hacerlo sola porque los domingueros han bajado todos en bandada en una de las estaciones... pero ha sido fabuloso, he hecho noventa kilómetros en dos horas y media -sin exagerar lo más mínimo- parando cada cinco minutos en el apeadero de un nuevo pueblecito, subían varios abuelitos con bolsas de calabacines y pepinos y así hasta la siguiente parada. El tren atraviesa las llanuras de Transilvania, praderas enormes llenas de vacas y caballos pastando, alpacas de paja formando montañitas y casitas dispersas a veces agrupadas formando aldeas con su iglesia y su torre encapuchada como las de los castillos de las historias de terror...
Vamos, que cuando el tren ha llegado a Sighisoara me ha dado una lástima... hubiera seguido así todo el día, sobre todo ahora que le he estoy sacando partido al "diccionario" rumano que llevo anotado en el cuaderno... no podía imaginar que la combinación de cinco palabras ofreciera tantas posibilidades de comunicación.
Sighisoara es un pueblo precioso. Con arquitectura medieval, una ciudadela bien conservada, enclavado en una ladera rodeada de abetos altísimos, sin turistas, con gente de aspecto muy tradicional (por lo poco que he visto cuando han salido de las iglesias) y, aunque cualquiera de sus rincones merece detenerse un rato, de lo que los lugareños se sienten más orgullosos es de que en Siguisoara está la casa natal del Conde Drácula... en fin, no me inclino yo por eso de visitar vampiros con la anemia...
Ya os seguiré contando qué tal van las cosas, supongo que mañana escribiré otro correo, porque quiero entrar nuevamente en internet por si han publicado más notas de Derecho...
Me quedan sólo dos días, aunque espero que me cundan como hasta ahora, que parece que llevo ya un mes en Rumanía.
Besos. Nieves.

Desde Alba Iulia (25-6-07)
... No sé por qué diría yo que no había nadie en Sighisoara, porque de pronto aparecieron como una docena de autobuses de excursionistas (rumanos, italianos, alemanes, españoles) que lo llenaron todo, por suerte fue cosa de dos o tres horas nada más. Así que cambié las zonas más turísticas por otras menos transitadas que me condujeron hasta un nuevo mercado en el que una niña gitana, vestida con un traje de encaje rojo con lentejuelas plateadas (una mezcla entre Cenicienta y la Pantoja) me vendió un kilo de albaricoques que parecían mermelada. Junto al mercado había una iglesia ortodoxa -estos templos están siendo mi gran descubrimiento este viaje- en la que celebraban misa. A diferencia de las mezquitas marroquíes, en estas iglesias si haces lo mismo que los demás fieles, pasas totalmente desapercibida... así me enteré de que las misas las da un sacerdote de espaldas, de que los hombres se sientan en los asientos delanteros mientras que las mujeres lo hacen en los traseros (imaginaré que es por problemas de visión, por no pensar mal de la religión...) y de que la gente enciende velas en distintos lugares según si van destinadas a los muertos o a los vivos!!
El día iba de lo más bucólico, entre casas con grandes jardines con ciruelos, perales, vides y cerezos... hasta que a cinco metros de mis pies se produjo un accidente de coche con todos los efectos especiales imaginables. Por supuesto, el conductor culpable iba pasado de alcohol, que no es nada extraño en este país... Ni la bebida ni los salones de juego, por ese orden. Bueno, que en cinco minutos se montó un circo, lleno de policía y de gente que acudía incluso con los bocadillos a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.
...Finalmente decidí que hoy dedicaría el día a Alba Iulia, la ciudad más grande del entorno de los montes Apuseni y que, como manda su nombre, tiene ruinas romanas -aunque bastante mal conservadas y, por supuesto, sin infraestructura turística, como en todo el país-. Para llegar hasta aquí he tenido que coger un tren que más o menos va siguiendo el curso del río Mures a través de las llanuras verdes de Transilvania, de los campos de maíz y judías, y de alguna que otra zona industrial en decadencia. Como no sabía muy bien dónde tenía que sentarme, el encargado del vagón restaurante, un húngaro mayorcete que olía a la misma colonia que mi abuela paterna (no miento), me ha invitado a hacer el recorrido en el restaurante del tren -un curioso habitáculo con flores de plástico, manteles de encaje de colores y con la niña prodigio rumana (un bebé Lolita que es el orgullo del país) sonando a todo volumen. No sé si me vería desvalida, pero el húngaro aparecía cada media hora con un regalito, primero un plato de galletas de chocolate, luego un disco, un té, más tarde un gato de peluche que dice "miau" si le tocas la cabeza. Para morirse!! Vamos, que el éxito que tengo con los cincuentañeros en este viaje ya lo podía tener con los de mi edad... Por suerte el tren llegó pronto a Alba Iulia.
... A mi lado en el cibercentro hay un señor que me está diciendo que ha vivido en Córdoba en 2004, que es cura ortodoxo, que se puede casar y tener hijos y me pregunta si necesita papeles para ir a España ahora... ¿qué le digo? ¿harán falta curas ortodoxos en los contingentes de trabajadores que hace el Gobierno? Esto es como Marruecos, aunque un poco más ligth...
Bueno, a lo que iba, en Alba Iulia hay poco que ver, lo mejor es que la ciudad está rodeada por los Apuseni y por muchísimo verde. Supongo que lo ideal sería adentrarse en los montes, aunque el tiempo no me deja ya porque mañana tengo que estar en Bucarest. No sé cómo lo he hecho, pero he acabado en un hotel situado en medio del campo porque en la ciudad no hay alojamientos. Me llevó hasta allí en un coche de los años de la Perestroika el novio de la dueña de una oficina de cambio, un joven vestido de blanco con un macrocordón de oro de los que producen desviación de columna a medio plazo, que hablaba italiano porque estuvo diez años trabajando en Roma (dice que ahora tiene su "firma" en Rumanía... no sé, pero lo imagino de socio de mis "padrinos" del negocio inmobiliario).
En cualquier caso la gente es agradable, llena los parques, los cafés, los mayores juegan en las plazas al ajedrez (había olvidado esa costumbre tan del Este que me alucinaba en Eslovaquia y Polonia) y debe ser porque es verano, pero en cualquier sitio hay puestos de fruta (este está siendo el viaje de los albaricoques y las ciruelas, en lugar del de las mandarinas y los higos secos...).
Bien, parece que no le queda mucho ya a esta escapada, aunque nunca se sabe... Mañana toca Bucarest antes de llegar a Barcelona, ¡a ver qué tal!
Supongo que este es mi último correo, aunque quizá me dé tiempo mañana en Bucarest de entrar en internet a mirar si han publicado más notas de Derecho, y escribo aunque sea algo breve...
Besos. Nieves.

Desde Bucarest (26-6-07)
... A veces -al menos en mi caso- esperamos de los viajes la posibilidad de encontrar el paraíso, o al menos estar en él algún tiempo... Pues bien, yo en este viaje he descubierto el infierno, que es esta ciudad desde la que escribo (menos mal que la evité el primer día). No sólo el calor es insoportable (la media de temperatura aquí es siempre cinco grados por encima del resto del país), sino el tráfico, la polución, el mobiliario urbano, los enormes bulevares sin bancos, las fuentes sucísimas, la publicidad que lo infecta todo (ese capitalismo adoptado con tanta ansiedad...). Cuento esto para que no penséis que todo Rumanía es maravillosa, quizá he adornado más de la cuenta las crónicas... aunque las ciudades tienen encanto, no tienen nada de especial si no fuera por la estética del Este de la gente, esos hombres con bigotes enormes, esas señoras con medias de colores y sandalias de charol con plataformas, paseando junto a enormes carteles de Dior o D&G... esos carros cargados con familias gitanas que se cruzan con coches BMV tunneados y la niña prodigio sonando por los altavoces para que la escuchen en Hungría...
Hoy el día ha sido agotador, me levanté a las cuatro de la mañana, en parte porque tenía que madrugar para coger el tren a tiempo, y sobre todo porque el perro que guardaba el hotel se puso a ladrar como una fiera a otros perros que había por el campo y levantó de sus camas a todos los huéspedes.
Así que ahí iba Nieves, por el campo caminando a las cinco de la mañana hasta la parada más cercana de autobús (cómo pensé en todos esos niños que tienen que hacer un recorrido similar a diario para llegar al colegio!!!). El autobús -el primero de la mañana- va lleno de trabajadores que se van quedando en las fábricas, con sus bolsitas de plástico en las que llevan galletitas y unas roscas de pan muy especiadas que están de muerte. Creo que la comida en este país es bastante buena, aunque no me ha dado tiempo ni hambre como para probar la cuarta parte.
El tren en el que he llegado hoy a Bucarest cruza todo el país. Viene desde Viena y atraviesa también Hungría (esto es evidente, ¿no?), hay otro que hace algo similar desde Praga, lo que me ha dado ideas para otro viaje porque, sin duda, los trenes han sido la experiencia más rica de estos cinco días.
Lo mejor, además de la compañía, ha sido cruzar nuevamente la zona sur de los Cárpatos pero esta vez de día. Los picos que se intuían en mi primera noche de viaje en coche con mis "padrinos" se veían ahora impresionantes, unas paredes enormes y, muy, muy recortadas. Los bosques de abetos gigantes (no sé decir, pero seguro que más de diez o quince metros), y el tren atravesándolos sin que pudiéramos ver otra cosa más que árboles y más árboles.
Me tocaron como compañeros de compartimento dos señores que trabajaban en la compañía ferroviaria y con los que, con las poquitas palabras que he aprendido, los gestos, los dibujos en el cuaderno y el sentido común, hemos estado seis horas sin interrupción hablando de la historia de Rumanía, de Ceaucescu, de la Unión Europea, de Franco, del nivel de vida y del fútbol en España (ya podéis imaginar que esta conversación es imposible de evitar estés donde estés). Al final hemos acabado comiendo frambuesas que vendía un niño -subió al tren en una de las paradas de las montañas con un gran cesto y una camiseta de Ronaldinho- y haciendo planes para que el próximo verano vuelva a Rumanía a hacer caminatas por las montañas de la frontera con Moldavia (creo que esta es la mejor zona del país, la menos turística y la menos explotada... y la que tiene la arquitectura más peculiar, con unos monasterios redondos de los que Nuri me había hablado muy bien).
En cualquier caso los Cárpatos (pero para dedicarles tiempo y adentrarse en las zonas rurales) deben ser una maravilla, con osos incluidos que al parecer es fácil encontrar (me explicaron que este año, en invierno, un oso mató a tres americanos... claro que mis posibilidades de comunicación no han sido tan fluidas como para preguntarles qué hacía un oso despierto en invierno y qué hacían tres americanos a treinta grados bajo cero caminando por los Cárpatos...).
En cuanto a Bucarest, de las cinco horas que tengo que estar aquí, me sobran tres, así que os podéis hacer una idea... He visitado la Casa del Pueblo -el Parlamento mazacote que hizo Ceaucescu y que después de estar aquí no quería perdérmelo- y alguna que otra basílica ortodoxa porque en su interior hace fresquito...
Así que me espera el avión, llegaré a Barcelona a las once de la noche más o menos, y no tengo ni idea de lo que voy a hacer, lo único claro es que a las 6,10 horas tengo que embarcar para el vuelo de Sevilla... y tampoco quiero molestar a nadie, que todos trabajáis mañana.
Besos. Nieves.