jueves 3 de julio de 2008

República Dominicana: El Caribe que hay que conocer...

La República Dominicana conserva aún rincones con la virginidad que debieron encontrar los hombres de Colón cuando arribaron a las costas de La Española en 1492. Más de 500 años después, y siguiendo la senda de aquellos leperos que se embarcaban con la intención de acercarse a nuevos mundos, me he encontrado una isla de gente encantadora, iguanas asustadizas, aguas de un turquesa jamás visto y el ritmo de la bachata y el merengue como banda sonora de un viaje que ha coincidido con la campaña electoral de las presidenciales.

República Dominicana I: El Caribe que hay que conocer …

Hola desde Santo Domingo…
Antes de nada os diré que tengo que batallar algo con el teclado para poder escribir medio en condiciones… estos acentos son siempre el caballo de batalla de la tecnología internacional…
Como os cuento estoy en Santo Domingo, con un color que nada se parece al que traje cuando llegué hace tan sólo dos días, y es que aquí es verano, el sol pega fuerte, la brisa broncea la piel y… vivan las vacaciones.
Mi llegada a Santo Domingo fue bien, según lo previsto en cuanto a horario, aunque el trayecto se hizo más largo de lo que imaginaba. Compartí vuelo con una excursión de vallisoletanas que estaban de despedida de soltera. La novia estaba sentada junto a mí y había subido al avión engañada (la llevaron con antifaz, cascos en los oídos y una peluca) de manera que cuando le quitaron todo y le dijeron dónde estaba y a dónde iba se quedó perpleja (estaba compinchada hasta la policía del aeropuerto).
Por supuesto esto es sólo una anécdota para que sepáis que hay gente más disparatada que yo, que cruzo el Atlántico en un avión como la que va a tomar café al bar de enfrente…
Tengo como punto referencial la casa de Paco Cumbreras; en un barrio pijo cercano a la Universidad y la zona colonial, que comparte con el italiano Andrea y la bilbaína Leticia.
El primer día que llegué, a pesar del cambio horario, nos fuimos todos a visitar colmadones (tiendas-bares que además de vender comida sirven bebidas) y a bailar merengue, reguetón y bachata como posesos en la discoteca Makumba… Me queda mucho que aprender para mover las caderas como lo hacen aquí los dominicanos y dominicanas.
Ayer domingo estaba medio muerta, porque al cansancio del viaje se sumó el del baile, y a ambos agotamientos la imposibilidad de conciliar el sueño a la hora en la que aquí todo el mundo duerme -porque mi organismo aún no está acostumbrado al cambio horario-. Me desperté la primera y me fui paseando por el malecón (un paseo marítimo a orillas del Caribe) en el que conocí a Alberto, un veterinario casado con una española que paseaba también y que me contó casi toda la historia del país durante el recorrido.
Por la tarde fui a Villa Altagracia, un pueblo del interior en el que la Unión Europea y Oxfam están trabajando instalando tinacos de agua para que la población pueda abastecerse (porque las tuberías que llevaban el agua se rompieron tras el huracán Noel) y repartiendo mosquiteros para prevenir enfermedades… Lo mejor de la experiencia fue ver cómo las mujeres voluntarias del pueblo participan ayudando a otras, comprometidas con la educación, la participación ciudadana o la higiene, y sin otra contraprestación más que la satisfacción de ayudar a los demás. Me invitaron a comer arroz con frijoles, col y carne de ternera (es uno de los platos tradicionales, como nuestro potaje), también cayó un cafecito en casa de otra familia que festejaba un cumpleaños, así que les ayudé a llenar globos… Ayer incluso visité el criadero de gallos de pelea que tiene el curioso señor Franklin (los lleva a competir por todo el país… la afición a esta celebración es bestial).
La población aquí sobrevive trabajando en la recogida de naranjas de una gran finca que tiene una empresa de zumos. Les pagan al cambio entre 6 y 9 pesetas por llenar un saco de mandarinas, y teniendo en cuenta que al día se pueden coger entre 10 ó 20 sacos, haced la cuenta para saber con cuánto dinero al día vive una familia del pueblo… Pero aún así la gente se divierte, bebe cerveza en los colmados, escucha bachata a todas horas y con el sonido altísimo, celebra todo lo celebrable y sonríe de forma constante.
El pueblo dominicano se parece al pueblo cubano… debe ser el Caribe, claro. La vida es pausada, todo el mundo va ligero de ropa porque el calor y la humedad son fuertes, la pronunciación de algunas consonantes recuerda también a la que hacen los cubanos, son cariñosos hasta grados insospechados (mi amol…) y la gente es mulata en su mayoría con una belleza en los ojos y la piel asombrosa. El tópico dominicano, especialmente en el caso de las mujeres, es más cierto de lo que imaginaba; muchas quieren encontrar un hombre europeo que les ofrezca un futuro mejor, que las saque de la isla o que les monte un negocio con el que eleven su nivel económico… y para un español ligar no sólo es fácil, sino que apenas exige esfuerzo (que tomen nota los posibles interesados).
Hoy he ido por libre. Me desperté tempranísimo (¡la hora cambiada, que aún no la tengo en el cuerpo!), con objeto de coger una 'guaga' o una 'voladora' que me llevara al este de la isla. He estado en La Romana y en San Pedro de Macorís, paseando por mercados de yucas, papayas y berenjenas, hasta llegar a la plaza colonial en la que está la pastelería de Amable… Sus pasteles habían sido una recomendación de mi amiga Miriam, una dominicana que conocí en Italia hace un par de años pero que vive en Canadá. Lo especial de estos pasteles es que están hechos envueltos en hojas de platanera; probé el de masa de plátano relleno de verdura y el de masa de yuca relleno de carne de res (exquisitos…).
Luego me he ido a conocer algunas playas nada turísticas, en las que las pocas personas que he visto eran del país (niños jugando en la orilla, pescadores preparando barcos y algunos mariscando)… Pero claro, el mérito no es que estén vírgenes, el mérito real es que son maravillosas, con un agua cristalina transparente y color turquesa, con arena blanca y finísima en la que caen los cocos de las altísimas palmeras que pueblan toda la orilla; un maravilloso paisaje que no sé si las fotos sabrán mostrar con tanta belleza como yo he sentido.
Así que estoy morena ya, mejor dicho quemada… de haberme tragado todo el sol que me han permitido las playas de San Pedro, Juan Dolio, Guayacanes y Boca Chica. Ahora estoy en Santo Domingo, regresé en una 'voladora' que me ha dejado cerca de la zona colonial, así que he aprovechado para adentrarme en las calles de la ciudad original que construyeron los españoles en el siglo XVI cuando descubrieron y colonizaron esta isla, a la que pusieron de nombre La Española. Balcones de madera, catedrales e iglesias de gótico colonial, casas señoriales, fachadas multicolores, enrejados castellanos llenos de macetas y flores, un paseo extraordinario… Y entretanto, puestos de frutas tropicales, vendedores de jugos y mazorcas hervidas, colmados de los que salen los millones de decibelios en forma de bachata, pica-pollos o tiendas de comida rápida criolla, escolares uniformados, gente paseando, propaganda electoral colgada de todos lados para las elecciones del 16 de mayo, hombres zalameros piropeando a toda mujer que pase por delante…
Claro, tenía que contarlo, así que ahora estoy en un cibercentro, en pleno centro del casco antiguo, escuchando música que tocan en la calle, con la satisfacción de haber conocido hoy a gente tan interesante como la nerviosa Juani García o el aguador Eduardo, y a punto de marcharme para seguir empapándome de la cultura caribeña.
Mañana creo que iré a Barahona, la zona más pobre y al mismo tiempo más virgen de la República Dominicana.
Besos a todos y todas...

República Dominicana II: El Caribe que hay que conocer …
En el avión de vuelta a España me acompañaban decenas de dominicanas y dominicanos que pasaban sus vacaciones en la tierra en la que nacieron… y que regresaban a su vida de emigrantes en Madrid y Barcelona. No han de ir bien las cosas en ese trozo de isla caribeña para que la población se marche en desbandada a España, Estados Unidos, Canadá o Puerto Rico…
Precisamente una de las zonas que he visitado durante este viaje y que es el paradigma de la emigración está en Barahona y Pedernales, las provincias costeras más al oeste, en la frontera con Haití. Marché con la gente de Oxfam a conocer los trabajos que se desarrollan en esa zona después de los temporales de noviembre y diciembre, que arrasaron pueblos y bateys (pequeños asentamientos de población jornalera) enteros, dejando muertos, destrucción, barro y enfermedades. Barahona es una ciudad alegre, con un malecón luminoso que bordea toda la bahía y una actividad no demasiado caótica. Las fachadas, de colores, están cargadas de pintadas publicitarias anunciando todo tipo de productos, y los colmados de las esquinas sirven cerveza Presidente a cualquier hora del día, mientras mulatas con rulos de colores en la cabeza hacen sus compras y encargos…
En comunidades como Bombita –donde residen descendientes de emigrantes haitianos; los pobres más pobres-, Jaquimeyes, Como Callao o Palo Alto, nos acogen con optimismo… han recibido algunas tuberías y cajas de herramientas que serán de mucha utilidad para restablecer el abastecimiento de agua. Mercedes, a la que todos conocen como Nueva por haber nacido el día de año nuevo, nos recibe en su casa con café y galletas saladas; es una mulata alta, fuerte, de ojos pequeños y vivos que me cuenta la historia de cómo murió su padre hace un par de años… junto con sus otros veinte hermanos –de mismo padre y tres madres distintas- decidieron celebrar el cumpleaños del progenitor, que casualmente era el día de Navidad. Reunir a todos los hermanos fue una tarea complicada, teniendo en cuenta que muchos habían emigrado a Estados Unidos, Puerto Rico o a la propia capital, Santo Domingo; de manera que aquel día de Navidad sorprendieron al padre con un inesperado y grandioso encuentro familiar que el corazón del ‘comandante’ –como le conocían- no pudo aguantar… fue hospitalizado como consecuencia del infarto que sufrió y murió a los dos días; eso sí, después de haberse podido despedir de todos sus hijos al mismo tiempo. Creo que ni la creatividad del mismísimo García Márquez podría haber dado vida a una historia semejante…
Decido seguir más al oeste y al día siguiente cojo una guagua para Pedernales, con el propósito de conocer la exuberante y virgen bahía de las Águilas, que conforma el parque de Jaragua. Las tres horas de trayecto, oyendo bachata, respirando brisa caribeña, atravesando pueblecitos de marineros y charlando con los compañeros de asiento se pasan volando… Pasamos por Enriquillo, Juancho, la laguna de Oviedo y alcanzo Pedernales, donde pacto con un joven que me lleve en moto hasta Cabo Rojo, más allá está el último pueblo del país cuyas viviendas se reparten entre chabolas a pie de playa y cuevas excavadas en la roca. Tras subir una loma no demasiado alta se aprecia el paisaje que hasta el momento más me ha sorprendido de todos cuanto he visto… Toda una bahía de varios kilómetros de arena blanca, sembrada de cactus gigantescos y arbustos de todas las gamas de verde por los que caminan asustadas las enormes iguanas, y un mar en calma de un color azul turquesa que parecía estar iluminado por luces desde el fondo. Creo que el paraíso debe ser parecido a eso que encontré en aquella loma desde la que se divisa la propia costa haitiana.
Por unas horas disfruté de aquella bahía en la que no había otra persona más que yo, con paseos y baños en sus calientes y transparentes aguas hasta que me di cuenta de que tenía que volver para poder coger la última guagua a Barahona… en un trayecto que compartí con el simpático Ramón, un joven estudiante de Contabilidad que trabaja en Santo Domingo instalando alarmas para poder pagarse los estudios; me habló de política y del futuro prometedor que estaba convencido que le esperaba algún día…
Y precisamente futuro prometedor es lo que celebraron en la comunidad de Kilómetro Cincuenta y nueve, perteneciente a Villa Altagracia, el día posterior. Las gentes del lugar querían festejar que por fin iban a tener agua gracias a la instalación de una tubería desde un arroyo cercano, y a la construcción de un pequeño depósito con sistema de potabilización. Me pareció una idea muy original lo de lanzarse a celebrar la llegada del agua, aunque la alegría se festejaba por separado… bajo un sombrajo hecho con ramales comían los obreros que habían realizado la obra y sus esposas, mientras que los técnicos comían junto a la piscina de una linda casa turquesa construida en una enorme finca… Sí, las cosas son así en una realidad donde el ser ‘lisensiado’ es un pasaporte hacia el Olimpo de la sociedad.
Sólo disponía de un día y medio más en el país cuando, entre las posibles alternativas, decido ir a conocer la península de Samaná, popular por sus innumerables cocoteros y por su naturaleza aún virgen, en un país donde las costas están empezando a llenarse de lujosos hoteles en los que los norteamericanos y europeos se encierran por una semana con una pulserita atada a la muñeca, que les garantiza todos los servicios que quieran dentro de la exclusiva superficie del hotel… Por suerte aún quedan muchos lugares que no siguen ese patrón.
Llegar a Samaná fue toda una odisea. Desde Santo Domingo tomé un autobús de ‘Caribe Tours’ que en teoría debía haber llegado a las cinco horas, pero como dicen los dominicanos, ‘la guaga se dañó’ y tuvimos que esperar en el campo algunas horas hasta que nos recogió otro bus. La odisea me sirvió para hablar con los compañeros de viaje, ayudar a parar un ‘carro’ para que una joven anestesista pudiera llegar a trabajar al hospital de Nagua en el que tenía que atender dos cesáreas, charlar con un fribroso joven que tras once años de emigrante en Puerto Rico volvía a Samaná a ver a su familia, y conocer a Omar y Melissa, una simpática pareja dominicana-brasileña que iba a pasar el fin de semana en la playa y con la que conecté rápidamente.
Samaná es un lugar precioso. El malecón de la ciudad tiene vistas a algunas de las islas que están sembradas en la bahía, como el Cayo Levantado, y la colina que se encuentra tras ella está plagada de altísimos cocoteros, que dan un rico y jugoso fruto, como pude probar en el mercado. Con Omar y Melissa tomé un motoconcho -un ciclomotor al que se une una estructura que me recordó a los ritchaus de la India-, que conducía un alocado joven que me contó cómo habían matado a su hermano de dieciséis años hacía unos días y cómo pensaba vengarse de su asesino. Intenté persuadirlo con el argumento de que su hermano no volvería y que encima él acabaría en la cárcel, pero no creo que este tipo de reflexiones sean tenidas en cuenta en estas latitudes… El motoconcho, tras un trayecto de una hora entre cocoteros y poblados en los que se cocina marisco al coco, me llevó hasta el poblado pesquero de Las Galeras, con una playa de arena blanca y fina, bañada por las aguas ya no del Mar Caribe sino del Atlántico. Maravilloso lugar para pasar algunos días, aunque tristemente sólo dispongo de algunas horas antes de regresar a Samaná.
Bachata en los colmados, suave brisa marina y declaración de amor de un joven que dice haberse enamorado de mí y que me invita al baile que ofrecen en casa de su tía, aprovechando que su primo es director de la banda de música… Me acribillan los mosquitos.
Por suerte el regreso desde Samaná a Santo Domingo no es nada accidentado, así que llego según lo previsto. Antes de recoger el equipaje y de ir al alejado aeropuerto de Las Américas, a casi veinticinco kilómetros de Santo Domingo, me queda aún tiempo para pasea r por la capital… por su concurrida feria del libro, por su Universidad, por sus largas y ruidosas avenidas, por sus esquinas repletas de publicidad electoral de Leonel Fernández, Aristide y Miguel Vargas… y para comprar un precioso cuadro de estilo naïf y colores chillones, pintado por un haitiano que malvive en esta ciudad de varios millones de habitantes en la que se refleja la vida de este país que se mueve y progresa a ritmo de bachata, dando estabilidad social y política a este Caribe en el que con frecuencia los huracanes son algo más que fenómenos meteorológicos.