Todo el mundo conoce a Buyema Abdelfatah como Castro; pero no es precisamente su parecido con el líder cubano lo que le hace popular entre los saharauis, sino el ser el padre de la educación especial en la RASD –República Árabe Saharaui Democrática- en lo que se considera la primera experiencia mundial de implantación de esta variedad formativa en un campo de refugiados.“Ocuparse del deficiente mental es un gesto humano” es el lema que aparece escrito en una de las paredes de adobe del centro en el que Castro y sus diez voluntarias atienden a cerca de 60 niños y jóvenes saharauis con alguna deficiencia mental o sensorial, sin más recursos que la voluntad y la ilusión por facilitar su integración en una sociedad exiliada en el desierto desde hace más de 25 años.
“Es miércoles. Castro me explicó que los niños tendrían hoy actividades especiales. Los pequeños retiran piedras del área de recreo; esas que conforman la pedregosa hamada argelina de Tindouf en la que los saharauis establecieran su refugio cuando huyeron de los bombardeos marroquíes. Hay sesión de vídeo y televisión. Castro proyecta doblada al español Air for une, la película en la que Harrison Ford interpreta a un presidente de los Estados Unidos secuestrado por unos árabes malos, malísimos… Los niños miran el televisor entusiasmados; parece la única medicina para Tfarrah, una joven autista” (Diario de viaje).Castro llegó al Polisario en 1974, con tan sólo 16 años. Había sido uno más de los pastores nómadas de cabras y camellos que se movían con una jaima a lo largo del desierto en busca de pasto; una actividad que le permitió reflexionar largamente sobre la independencia y el futuro del pueblo saharaui. Después llegaron la guerra y el exilio forzoso aderezado por largas horas de siroco. Tras leer cuantos libros se le han puesto a tiro y entusiasmarse con las corrientes más vanguardistas de la psicología y la pedagogía, Castro se convirtió en toda una autoridad científica y en el hombre capaz de poner en pie la primera experiencia mundial de educación especial dentro de un campo de refugiados.
La Escuela de Castro, como todos conocen al centro, es un espacio cubierto de poco más de 200 metros cuadrados en la wilaya de Smara, con un área de recreo marcada por pequeñas piedras tras las que empieza el territorio de la integración. Protagonista de la entrada es una bicicleta estática que hace años cedieron unos andaluces para trabajar la psicomotricidad de los alumnos y la frase “Ocuparse del deficiente mental es un gesto humano” pintada sobre el adobe encalado de la pared. Por supuesto, sobre todo ello ondea, agitada por el siroco de los últimos días, la bandera de la desoída República Árabe Saharaui Democrática.
La pobreza de estas instalaciones, dotadas escasamente con material escolar y pedagógico de quinta o sexta mano do
nado por ONGs e instituciones españolas, no quita valor alguno al sueño cumplido de Castro, que dice haber “encontrado muchos baches” hasta alcanzar sus objetivos, que no eran otros que trabajar por la integración social de los discapacitados saharauis haciendo suya una máxima que se aplica cada mañana: “estamos aquí para educar, integrar y no marginar…”.“Castro ha recogido a los niños de Mahbes, Farsía, Bir Lehlou, Ihyería, Tifariti y Haousa con un Land Rover del Polisario. Nunca pensé que tanta gente cupiese en un coche. El centro tiene 58 alumnos de entre 4 y 26 años. Niños sordos están en clase con otros síndrome Dow, con un pequeño sordo-ciego, con autistas e incluso con algún pequeño disléxico. Un aula con esa mezcla puede ser explosiva en España, aquí el intento parece más que bueno. Mariam y yo les hemos llevado un libro de dibujos para colorear y una caja de lápices. Todos se alegran…” (Diario de viaje)
La educación especial en los campamentos saharauis no se desarrolla en internados y está considerada como un paso que facilita el acceso a otros centros de enseñanza y a niveles superiores. Es competencia exclusiva de la Unión Nacional de Mujeres Saharauis. Por ello, con Castro trabajan diez jóvenes voluntarias, a las que él ha formado en nociones básicas de atención a personas con discapacidades psíquicas y sensoriales: mujeres que no reciben otra recompensa que poder enseñar destrezas básicas a los niños, hacer sentir a cada uno de los alumnos del centro que son capaces de valerse por sí mismos en una sociedad que vive refugiada y que lucha a diario por sobrevivir, esperando recuperar un territorio arrebatado. La higiene personal, la comida, la relación con los demás, ordenar la casa o algo tan sencillo como atarse los cordones de los zapatos son algunas de las materias que se enseñan entre las paredes de adobe del centro de educación especial.

El equipo de Castro visita a las familias de los niños cada tres meses para evaluarlas. La mayoría colabora con los problemas de los pequeños, aunque Castro considera que la sociedad saharaui está aún lejos de poder entender el proyecto de integración global que él propone. Castro y sus maestras –como a él le gusta llamarlas- también realizan una autoevaluación del centro una vez a la semana. Mientras preparan y toman el espumoso té que ha dado fama a este pueblo milenario, preparan actividades innovadoras y capaces de asimilar por los pequeños, que se llevan a la práctica los miércoles –el día especial- en el que para ellos ocurren cosas tan divertidas como limpiar el recreo, ver la televisión, cepillarse los dientes, lavarse el pelo o regar una planta que ha nacido en el desierto tras las lluvias de marzo.
Los objetivos educativos con los alumnos no tienen límite mientras Castro siga contando con el apoyo y la colaboración tanto de la RASD como de algunas ONGs e instituciones europeas. Sin embargo, para estos niños con problemática especial es difícil poder salir a través de los programas de Vacaciones en Paz que se organizan cada verano desde este otro lado del Estrecho. Para ellos no hay avión, ni piscina, ni bicicleta, ni una familia de acogida que les enseña a chapurrear una nueva lengua; para ellos en cambio está la Escuela de Castro.

“Castro ha repartido una taza de leche en polvo y pan con sardinas en conserva a cada niño. Se lavan las manos y los dientes. La maestra Fatma saca agua para lavarles el pelo. Sólo hay un peine y una toalla. Castro enciende la televisión y el vídeo. Quiere que los niños vean una película y empiecen a diferenciar la ficción de la realidad. Los niños se entusiasman con el colorido de los dibujos animados. Mientras tanto, Castro retoma el libro que está leyendo: La transición en Marruecos, de Abdel Hamid Beyuki” (Diario de viaje).
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